Siempre me encuentro en la misma situación. La silla frente a la imponente herramienta que tanto poder entrega pero que dominarla parece casi imposible.
Tecleo en un bucle sin fin buscando la inspiración divina que me haga posible dar el primer paso. Como una lluvia sagrada que nos proporcionará aquella esperanza soñada que tantas noches nos ha desvelado.
Conciliar el sueño se convirtió en una tarea derrochante de esfuerzo, digna de celebración y suspiros de ensueño.
Día por medio me vuelvo a ilusionar con que todo se arreglará y la paz llegará a la palma de nuestras manos. Al tercer día vuelvo a caer en la realidad de que quizás las cosas no son como las soñaba a los 15 años.
Cebo los mates uno tras uno, dándole compañía a los pensamientos intrusivos que me gritan detrás de la oreja.
¿Qué se sentirá ya no sentir tu presencia?
Mi mente siempre divaga últimamente, es difícil centrarla en aquello que me dijeron que era importante.
Me desconocí bastante, fingir demencia y posponer las urgencias terminó costándome más caro de lo que había ideado.
Pero es tarde para arrepentirme de lo pasado, y es temprano para preocuparme por lo futuro. Entonces, ¿en qué lugar se ubica mi cabeza? entre ese sin fin de incertidumbres y adversidades internas.
Hace mucho no escribo, puesto que posponer mis angustias me resultó más sencillo para la confrontación de los días. Uno aguanta hasta donde puede, pero cuando la marea sube demasiado si no te moves te terminás ahogando.
No me considero sobreviviente de tal catástrofe, me ahogué más veces de las que me hubiese gustado, pero nado, contra la marea e intentando que todo esto no me siga haciendo daño.
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