Naese despertó intentando recordar el rostro de aquella chica que apareció en su sueño. No era una extraña ni una representación creada por su imaginación como si de una inteligencia artificial se tratara. Una amiga, al menos, en su momento, cuando iba al secundario. ¿Cómo era su nombre? ¿Por qué dejaron de hablarse?
La mirada de esa chica, ya adulta, era indescifrable. A pesar de no saber nada de ella hace varios años, podía asegurar que se trataba de la misma persona, ¿cómo era posible? ¿por qué ahora?
Revisó su propio perfil de facebook en busca de algún nombre que pueda asociar a la desconocida. No encontró ninguna foto juntas, pero sí muchos textos publicados con tono melancólico. «Los kilómetros nunca podrán alejarte de mis sentimientos», ¿era para ella?
La mujer del sueño dio un largo suspiro. «Naese, Naese, Naese» repetía en su mente, ¿cómo pudo olvidarla? de repente una explosión de emociones le picaba por todo el cuerpo como si la hubiera vuelto a ver por primera vez. Pero solo se trataba de un sueño, pensaba ella, un resurgimiento de un sentimiento inconsciente. Tal vez su memoria escondió esos recuerdos por una buena razón, hay cosas que necesitan permanecer sepultadas en lo más hondo del corazón. Aún así, echaba de menos a su amiga, irse al extranjero las separó sin dar lugar a la oposición, llevándose todo lo callado.
Naese caminaba a la universidad con las manos en los bolsillos de su camperón. El viento era tan fresco como en el sueño que tuvo. El escandaloso tráfico no era problema, todo ruido quedaba opacado con unos simples auriculares. Se sumergió en música que hacía tiempo no escuchaba, quién sabe por qué, le dieron ganas de escucharla ese día. Cuando por fin llegó, se dio cuenta de que era demasiado temprano, así que decidió dar una vuelta por el centro de la ciudad.
Tal vez si caminaba siguiendo a su corazón, recorrería cada uno de los kilómetros que la distanciaron de su vieja amiga. ¿Y si ella pensaba lo mismo? ¿qué le diría si la tuviera de frente otra vez? quizás ni la reconocería. Alzó la mirada al cielo, pensando si sería más rápido ir volando hacía ella.
Miraba la ciudad por la ventanilla, desde arriba siempre se veía más linda, con las estructuras y edificios tan peculiares que fueron un capítulo muy importante de su infancia. Al salir del aeropuerto, fue abolrotada por el cúmulo de personas y estruendos que no extrañaba ni un poco, tal vez por eso se había marchado a una ciudad chiquita aislada del centro.
¿Seguirá aquí Naese? ¿qué estaría haciendo ahora? encontrarla entre toda esa gente estaría al nivel de los más grandes hallazgos arqueológicos, rozando la impredecible casualidad, y aunque ella no creía en esas cosas no se quitaba de la cabeza la voz que escuchó en el sueño.
Naese solo tenía aquel rostro grabado en sus retinas. Los recuerdos eran borrosos como cuando la lluvia empañaba sus anteojos. «Lluvia…» eso era, cuando se encontró con ella una gran tormenta envolvía el paisaje onírico. Le estaba llamando pero ni los gritos la alcanzaban, ¿qué le dijo? ya no podía recordarlo. Estaba tan ensimismada que casi llegó a los límites de la ciudad, y aún así, no dio marcha atrás.
La joven pisaba los adoquines que añoraba, con su valija rebotando y esquivando los charcos de agua, rememoró felices tiempos en los que aseguraba no estar sola, pero era incapaz de recordar a esa chica llamada Naese. Pensó en una canción que creía haber olvidado. Unos segundos después, se escuchó esa misma canción desde el balcón de un edificio. Quizás algunas casualidades pueden darse, ¿pero dos? era inimaginable y menos en el mismo día. De repente, la lluvia se desató con abundante fuerza, así que corrió a refugiarse debajo de un toldo. Sin embargo cuando se acercó…
Naese se quitó los auriculares para escuchar el sonido de la lluvia, era incomparable con cualquier melodía. Se echó bronca a sí misma, por culpa de sus impulsos tendría que empaparse para llegar a la universidad. A punto de tomar coraje y salir de su refugio, miró hacía al lado, no estaba ella sola. La otra chica fijó sus ojos color cielo en ella. La lluvia seguía cayendo pero el mundo se detuvo por completo. No se dijeron nada, tal vez porque no había nada que decirse, la fusión de miradas fluía sentimientos que resplandecían desde cualquier punto del universo.
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