Hay un muchacho
que conversa con los paisajes grises
y le sigue la soledad,
no como una condena,
sino como una sombra antigua
que aprendió su nombre
y decidió no abandonarlo.
Sin embargo, cuando el cielo se cubre de tormenta,
no mira hacia abajo.
Mira el lugar exacto donde la luz
intenta atravesar las nubes.
Porque aún espera.
No grandes milagros.
No promesas eternas.
Porque esos instantes diminutos
que justifican la existencia,
el reflejo tembloroso de la luna
sobre el agua,
el vuelo de un ave
que regresa al horizonte,
el perfume de la tierra
después de la lluvia,
la certeza de que algo hermoso
sigue ocurriendo
en algún rincón del mundo.
Y mientras la soledad
le recuerda el silencio,
él continúa avanzando,
llevando en los ojos
una obstinada fe por la belleza.
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