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Soy la Errata

Oct 29, 2025

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Soy la Errata
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Soy la Errata

¿Por qué? ¿Por qué la sencillez de vivir se me convierte en un muro infranqueable? ¿Por qué cada respiro me cuesta el doble que a los demás, como si el aire tuviera el peso de una losa ancestral y el aliento fuera un privilegio robado? ¿Por qué nací sin ese instinto, sin esa brújula interna que les dice a todos los demás hacia dónde caminar, mientras yo solo doy vueltas en un lodazal, esperando que la tierra me trague?

Nunca pude. Esas dos palabras son el eco helado de mi vida. Son la lápida de cada potencial que se pudrió antes de florecer.

Nunca pude levantar la mano en clase sin que me temblara el pulso, no por miedo a equivocarme, sino por pánico a ser el foco, a que mi existencia fuera reconocida y, por ende, juzgada. Nunca pude entregar un examen sin saber que la nota ya estaba escrita: Fracaso. Era una profecía autocumplida, una burla del destino. Nunca pude memorizar las fórmulas, las fechas, los versos, porque mi mente estaba demasiado ocupada catalogando el inventario de mis propias faltas, un catálogo interminable. Nunca pude entender qué era lo que los demás entendían tan fácilmente. Era un ciego en un museo de colores vibrantes, un sordo en una sinfonía. Nunca pude evitar que mis notas dijeran "no suficiente" en rojo, una y otra vez, un sello de fracaso carmesí estampado en mi alma, quemando el papel.

Nunca pude hacer un amigo de verdad, uno que no estuviera por lástima, por cercanía forzada o por un fugaz compromiso. Siempre fui el asiento vacío que nadie notaba. Nunca pude contrarrestar las risas, los apodos, las miradas que me despedazaban en los pasillos, porque mis cuerdas vocales solo sabían producir un silencio cobarde, un murmullo interno de rendición. Nunca pude dejar de ser el blanco, el raro, el fantasma que no encajaba en ningún grupo, en ningún lado, en ningún lugar. Mi existencia es una errata.

Nunca pude explicarle a mi madre por qué lloraba antes de ir al colegio. ¿Cómo se explica que la luz del día, la expectativa de vivir, te queme hasta los huesos? Nunca pude defenderme. Solo supe agacharme, hacerme diminuto hasta desaparecer, y esperar a que pasara la tormenta, dejando que la suciedad de la humillación se secara sobre mi piel como una segunda capa.

Y ahora... ahora que el colegio terminó, el fracaso se hizo adulto. Se viste de corbata barata y manda currículums a un abismo. Ahora "nunca pude" se transformó en la sentencia:

Nunca pude encontrar un trabajo, porque mi historial de vida es un currículum de vacíos, de intentos fallidos. Nunca pude pasar una entrevista sin que me sudaran las manos, se me nublara la mente y mi voz se quebrara en un gemido inaudible. Nunca pude tener una respuesta digna para la pregunta "¿y tú qué haces?", porque lo único que hago es consumir oxígeno y lamentar haberlo hecho. Nunca pude evitar la mirada de decepción en los ojos de mi familia, una mirada que me perfora más hondo que cualquier insulto, porque viene del amor que no merezco. Nunca pude pagarme algo mío, con mi dinero, fruto de mi esfuerzo. Soy un parásito económico camuflado de hijo, un drenaje silencioso. Nunca pude pararme frente a un grupo de personas y sentir que pertenezco. Soy una figura de cartón, esperando ser retirada del escenario que nunca debí pisar. Nunca pude creer que soy capaz. Porque la evidencia, el archivo de toda mi vida, me grita en la cara, con la voz de miles de burlas y reproches, que NO LO SOY.

Soy un estorbo. Soy la materia prima de la inutilidad y la decadencia. Soy el que sobra en la foto familiar, el que opaca la felicidad de los demás con su sola presencia gris, el agujero negro que absorbe la alegría ambiente. Soy el que calla en las reuniones porque no tiene nada interesante que contar, solo el recuerdo de sus propias derrotas.

Soy el que desvía la mirada cuando alguien habla de éxitos, de viajes, de proyectos. No por timidez, sino por la vergüenza insoportable de mi propia quietud, mi estancamiento crónico. Soy el aguafiestas permanente. El recordatorio andante de que no todos triunfan, de que para cada estrella brillante, debe haber un puñado de ceniza y sombra. Soy el "¿qué pasará con él?" que susurran mis tíos en Navidad con un tono de condolencia que me parte. Soy la carga económica, la preocupación constante, el proyecto fallido al que se le acabó el presupuesto y el tiempo.

¿El amor? ¿El cariño? Y aquí llega el terror verdadero. Me aterra la idea de conocer a una chica. Me aterra el simple cruce de miradas que pudiera sugerir interés. ¿Cómo voy a dejar que se acerque alguien, si ya sé el desastre que soy? Sé el calendario exacto de mi autodestrucción, el momento en que mi miseria comenzará a filtrarse y a teñir su vida de gris. Soy un veneno lento y no tengo el derecho de contagiar a nadie.

¿Cómo va a quererme alguien si ni yo mismo me soporto? Mi interior es un campo de batalla lleno de minas sin detonar. ¿Quién va a aceptar esta carga, este peso muerto de desesperanza que llevo como una mochila llena de piedras? ¿Quién va a querer abrazar a un derrotado, a un vacío que se alimenta de su propia miseria, a un hombre que no puede ni mantenerse a sí mismo ni mantener una conversación sin hundirse?

Solo atraigo miradas de lástima, y la lástima es el sustituto barato del respeto. La lástima es una daga mellada envuelta en una cinta bonita. Nadie se enamora de un naufragio que insiste en hundirse. Nadie elige compartir su vida con un fantasma que ya ha decidido su propia ausencia. Soy completamente prescindible. Intercambiable por una ausencia silenciosa. Mi ausencia sería una mejora para el tejido social.

Estoy cansado. Cansado de esta ansiedad que me despierta a las 3 de la mañana con el corazón a punto de estallar, recordándome cada error y cada deuda pendiente. Cansado de la envidia tóxica que siento, un ácido corrosivo, cuando veo a alguien de mi edad triunfar sin esfuerzo aparente. Es un castigo autoimpuesto. Cansado de fingir que estoy bien, que "estoy buscando", que "pronto llegará algo". Son mentiras huecas que solo me creo yo, a medias, para aplazar el colapso.

Cansado de mi propia voz, de mis propios pensamientos, de este pozo sin fondo de negatividad en el que me ahogo todos los días. Cansado de luchar contra mi propia mente, que es mi peor enemiga, mi carcelero y mi inquisidor más cruel. Cansado de despertar a esta misma vida, a esta misma condena, al mismo ciclo asfixiante.

A veces pienso que mi único destino verdadero, lo único para lo que realmente serví, fue para ser una lección de lo que NO hay que ser. Un espantajo, un ejemplo para otros: "no seas como él". "Esfuérzate, para que no termines así, para que no te conviertas en esta ruina andante".

Ese soy yo. La advertencia. La consecuencia. El testigo mudo de la derrota que nadie quiere reconocer. No le importo a nadie. Ni siquiera dejo un vacío con mi pensamiento. Y lo sé. Soy completamente innecesario. El mundo giraría exactamente igual, o quizás mejor, si yo no estuviera en él. Mis coordenadas en el mapa de la existencia son un error tipográfico que debe ser borrado. No dejo huella. No genero un impacto. Solo ocupo un espacio que otro, más capaz, más brillante, más merecedor, podría estar ocupando con una vida plena.

No tengo fuerza ya. La voluntad se ha disuelto en un vapor frío. Estoy vacío por dentro. No tengo esperanza. Solo tengo este cansancio eterno, este dolor sordo que es como un tumor en el alma, y la certeza definitiva de que nunca pude, de que nunca podré, y de que este, quizás, fue siempre el único final, la única conclusión lógica, para alguien como yo.

José Trelles

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