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“Somos las personas trágicas más alegres del mundo”

Abr 15, 2026

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Diego es un muchacho sencillo. Desde su casa en Nariño Colombia tiene contacto con personas de diferentes regiones de nuestro continente. De desarrollador web al mundo virtual de los juegos en línea. Tal vez sea por su profesión, o por sus hobbies. Sus lentes que lo acercan a la pantalla, lo hacen alejarse de su jerga y nadar entre culturas ajenas. Aun así, encontrarse con su identidad colombiana no pareció ser fácil.

“Es difícil responder porque siento que como colombiano no somos tan distintos de nuestros hermanos de la región. Aunque tengamos culturas diferentes, compartimos vivencias, experiencias y un día a día marcado por luchas similares. Pero si hablo de mi Colombia, diría que somos gente alegre a pesar de las adversidades, echada para adelante, que no tiene miedo a vivir, aunque sea difícil. Donde sea que estemos, nos hacemos notar por nuestro carisma y alegría”.

En su experiencia, viajo a México y conoció el sentimiento de ser ajeno. En sus palabras resuena la idea de una identidad compartida, pero al mismo tiempo singular. “Con el simple hecho de expresarme, de usar mis jergas y notar que mi acento es distinto, me doy cuenta de que estoy en otro sitio. que tengo una identidad propia dentro del espacio donde me encuentro.”

Sin embargo, ese sentimiento de pertenencia se ha nutrido desde la infancia. Recuerda una frase de su familia que lo marcó: “Disfrute ahorita que puede comer sabroso porque mañana no se sabe”. Puede sentirse hasta propio, ¿verdad? De hecho, Martí lo ha dicho en su texto Nuestra América: “Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece.” En apariencia, dice, encierra una visión triste de la vida, pero en su hogar nunca se entendió de esa manera. “Siempre me enseñaron que habrá cosas malas, pero que podemos enfrentarlas con humor. La risa cura el alma, y esa forma de resistir es parte de lo que nos define como latinoamericanos”.

Al entrar en contacto con personas de otros países de la región, la percepción se reafirma. “Te das cuenta de que no somos tan distintos. Somos pueblos con muchas dificultades para progresar, con políticos que no siempre nos favorecen, pero ahí estamos, luchando constantemente para salir adelante. Quizás no sea la realidad de todos, pero sí de la mayoría. Y esa lucha nos hermana”. Pensar en la idea de realidades, lucha y progreso me hace hilarla a la necesidad de vivir. Una idea de vivir y seguir ante los conflictos el cual se rompe en relatos como el de Morir en tiempo perdido: “no llorar como suelen hacerlo los que tienen miedo de partir de este mundo en pos de otras muertes y resurrecciones.” La historia de Victor Hugo Viscarra, por impactante que sea no escapa de las realidades, por lo contrario, las conforma.

No obstante, el entrevistado insiste en que la fortaleza se encuentra en la alegría compartida: “Creo que todos pensamos lo mismo: somos gente luchadora. No tenemos todas las oportunidades del mundo, pero siempre buscamos una vida digna. Para mí, lo que nos hace latinoamericanos es esa capacidad de reír incluso en medio de la tragedia. Somos las personas trágicas más alegres del mundo”.

Su experiencia personal lo confirma. Aunque buena parte de sus vínculos con otros países se ha dado en los espacios virtuales, el efecto es el mismo. “He tenido la oportunidad de intercambiar ideas, vivencias, costumbres con personas de distintas naciones. Y aunque no nos hayamos visto en persona, bromear, contar experiencias y escucharnos hace que me sienta como en casa. Al final, somos hermanos de otra patria”.

En su relación con Argentina encontró un rasgo que lo impresionó: “El sentido de pertenencia que tienen es admirable. Son gente muy pasional con su país. Nosotros en Colombia también somos patriotas, claro, pero en Argentina lo viven de una manera distinta, con un amor tan puro que genera admiración”. Esa convivencia también le permitió descubrir similitudes profundas. “Me ha ayudado a valorar mi propio país, más de lo que ya lo hacía. También aprendes a querer otro tipo de culturas.”

Incluso los choques culturales terminaron por convertirse en aprendizajes. Una palabra como alzada, por ejemplo, usada en Colombia para señalar a alguien insolente o agresivo, en Argentina tiene un significado completamente diferente. “Fue un choque gracioso, un recordatorio de que hablamos la misma lengua, pero no siempre el mismo idioma. Y esos momentos son también parte de la riqueza de ser latinoamericano”.

La conclusión a la que llega es clara: “Aprendí que venimos de tierras distintas, pero compartimos una historia y una realidad social muy similar. He aprendido a valorar más mi país y también a amar otras culturas. Antes pensaba en viajar a Europa o Estados Unidos, pero ahora quiero conocer primero mi propio continente, mi querido Latinoamérica”.


Milagros Abril Segovia

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