Muchas veces, cuando veo las estrellas,
me tientan a abandonar la tierra y perderme en ellas.
Me tienen soñando despierta con la idea de quedarme ahí suspendida,
como si allá arriba, en lo más alto,
existiese un refugio para personas como yo que nunca terminan de encajar en este plano.
¿De qué sirve mantenerme acá, de pie,
si la única persona que alguna vez me entendió
ni siquiera está conmigo?
Pero igual sigo sedienta de su vuelta,
como la tonta que soy.
Creo que no sirve de nada tanto esfuerzo,
tanta espera,
pero aun así me quedo ahí,
contando pasos que nunca dió.
Muchas veces pienso en sus palabras,
en cómo dice que soy importante para él,
en cómo dice que “me quiere”.
Sus palabras melosas suenan bonitas,
pero ya no tienen vida.
Y después pienso: son solo palabras, no demuestran nada.
Sus frases solo arman un techo
que fácilmente se desarman con mi llanto.
¿Cómo puede gustarme alguien así? ¿Cómo puede gustarme tanto el dolor?
Me enoja, me hace sentir mal conmigo misma.
Tal vez será que, naturalmente, yo ya soy un desastre.
Tal vez él no tiene la culpa,
y soy yo la que le sigue el juego hasta quemarse con fuego.
Como una polilla atraída hacia la luz caigo aturdida,
sabiendo que abajo solo me espera un vacío.
Pero qué difícil es dejarlo;
debe ser el vicio más intenso, el más peligroso.
No sé si no puedo irme o si en realidad soy yo quien se ata al naufragio.
Sería capaz de esperarlo en la esquina de su casa todo el tiempo que fuera necesario,
estaría a su lado incluso si el camino se deshiciera bajo mis pies,
hasta que esos sueños delirantes que construimos juntos puedan ser posibles.
Caminaría con él hacia lo imposible, sin dudarlo.
Y seguiría sus pasos aunque me llevaran hasta el propio abismo del mundo.
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