Las sombras no pesan,
pero ocupan.
Se instalan donde el cuerpo debería descansar
y no piden permiso.
No vienen a decir nada.
Solo repiten una forma de estar despierta
cuando el mundo se apaga.
Hay una intimidad extraña en la oscuridad,
como si algo que no fui
viniera a sentarse a mi lado.
No es miedo.
Es una presencia.
Una manera lenta de no estar sola
del todo.
Aprendí a quedarme quieta,
a no espantar lo que no tiene nombre.
A dejar que la noche me piense un poco.
Dormir no siempre es cerrar los ojos.
A veces es aceptar
que algo vela por una misma.
Y aun así,
cuando el cuerpo por fin cede,
queda una sombra leve sobre la sábana,
como una pregunta
que no quiso despertarme.
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