Mis ojos pesan,
mis piernas también.
Mi piel se demuele
lentamente
mis dedos van quebrándose
mientras se arruga mi sien.
Mis carnes me limitan,
mis pulmones me reclaman.
Mi cuerpo se vuelve de arcilla,
astillándose en el cielo gris de una cuesta infinita.
Estoy saturado, enfermo, cansado.
Mi sueño es tortuoso, siempre al pendiente del reloj,
despierto agitado, muerto, asustado,
al grito repetido de un constante “No, no, no.”
y al alba un frío rostro desahuciado.
Mis manos tiemblan más seguido de lo común, asimismo mis pupilas.
El tabaco ayuda, mata las horas, las horas carcelarias, pero
¿Cuándo es que soy libre?
Mis días terminan cuando ya empezó el otro
Ya no distingo entre el lunes y el domingo.
Ya llegará mi recompensa,
pensaría uno.
Sin embargo me asfixio de trabajo, para llenar de aire mi bolsillo,
nada alcanza viejo, nada.
Solo un minuto de descanso.
Solo un minuto, tengo.
Qué mejor forma de pasarlo que con vos,
atravesando el aire con una bicicleta,
volando sobre los edificios,
pateando al mar en chancletas,
y esquivando por siempre todos los maleficios.
A veces vivir es aguantar,
a veces llorar y algunas gozar.
A veces renegado y a veces dócil,
siempre con hambre,
pero nunca inmóvil.
Seremos libres, por lo menos un día.
Lo conquistaremos todo, aunque no para toda la vida.
Florecerá el alba
y todas las jaulas serán extinguidas.

Juan Cruz Arias Pereyra
Psiconauta del Inconsciente. Aficionado al buen y mal comer. Mono Sabio. Gallina. Hola.
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