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¨Solo te pido 5 minutos¨ – Columna 3

Dec 1, 2025

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¨Solo te pido 5 minutos¨ – Columna 3
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3:05 a.m. — Parque José Luis Bustamante, Surco.

Kaito:
—¿Ella saldrá? ¿Qué hice mal? Debo esperarla una hora más. No… no, ella no saldrá. No me merezco esto. ¿Me quiso de verdad? ¿En qué fallé? No tiene sentido toda esta mierda. Hace cuatro días éramos felices.

¿O solo lo fui yo?

Esa madrugada fría, envuelto en preguntas que no paraban de repetirse en mi cabeza, estaba sentado en una banca del parque que quedaba justo frente a su casa. No tenía un plan. Solo estaba ahí. Esperando algo que ya sabía que no iba a pasar.

Hacía poco había regresado a Lima luego de dos años viviendo en Buenos Aires. Y no me imaginé que esta ciudad —gris, ruidosa, caótica como siempre— me iba a cruzar con una chica como Sofía. Una chica que, al menos por un momento, me hizo creer que podía volver a darme a mí mismo una nueva oportunidad de enamorarme, después de dos años sin haberlo estado.

Sofía era dulce por naturaleza, inocente desde el alma. Tenía una nariz respingada, rasgos finos, el cabello corto y una mirada de sueños e ilusiones que se iluminaba cada vez que me veía sonreír. Pero vivía acompañada de sus miedos. Miedos que no mostraba fácilmente, pero que estaban ahí: a no ser suficiente, a fallar, a no gustarse, a sentirse una carga.

No voy a mentir. Fue también su fragilidad lo que con el tiempo comenzó a alejarnos. A alejarla. Pero al inicio, esa ternura tan suya me atrapó. Yo quería protegerla. Cuidarla. Creí que podía ser el tipo de hombre que iba a hacerla sentir que todo estaría bien si estaba a su lado.

Sofía había llegado a Lima hacía tres años. Vivía sola desde que se fue de la casa de su padre porque no soportaba a su joven madrastra. Trabajaba enseñando teatro y también como profesora de habilidades blandas a pequeños niños en Miraflores. A esos niños los adoraba. Decía que le daban paz.

Un día, su mejor amiga le instaló una app de citas. No era algo que ella hubiera buscado. Pero nos encontró. O yo la encontré a ella.

Le escribí. La invité a tomar un café en un rooftop llamado “Ancestral”. Hablamos viendo el atardecer. Me puse nervioso. Me caía bien, pero sobre todo, me hacía sentir algo que no sentía hace tiempo: ganas de abrirme, ganas de volver a sentir.

Caminamos por la bajada de Barranco, seguimos con unos vinos en un bar escondido, y cuando esperábamos el taxi para dejarla en su casa, me abrazó por el frío. Y me dio un beso, un beso suave, cálido y apasionado.
La dejé en su casa y le prometí que no quería que fuera solo una noche. Y así fue. Nos seguimos viendo con frecuencia. Caminábamos por las calles de madrugada, riéndonos como si esas calles existieran solo para nosotros dos.

A ella le costaba hablar de lo que sentía, pero lo escribía. Me daba cartas. Escritas con cariño, con pausas, con ganas de explicarme todo lo que su boca no se atrevía a decir. Aún las tengo. No las he vuelto a leer porque sé que me dolerían.

Aunque ahora escriba columnas, lo mío nunca fueron las cartas, ni las poesías, ni las manualidades. Mi forma de decir que quería a alguien era estando ahí, siendo atento, comprando cosas sin razón, escuchando sin interrumpir. Ella lo entendía. Y eso me bastaba.

Todo iba bien hasta que un día me contó que la habían despedido. Su trabajo no era solo su rutina, era su seguridad emocional. Desde entonces comenzó a apagarse. Yo la veía cada vez más triste. La notaba débil. No quería comer. No tenía plata. Le ofrecí ayudarla, llevarle comida, invitarla a mi casa. Pero no se dejaba. Rechazaba todo. No por orgullo. Por miedo. Por tristeza.

La noche de mi cumpleaños quedamos en vernos en la gruta de Magdalena. Me abrazó, me dio una carta con mis dulces favoritos. Me senté con ella al costado de una cancha. Le pregunté si había comido. No respondió. Insistí.

—Kaito, hoy estaba pensando en quitarme la vida.

La miré. Le agarré la mano. Le dije que ya era suficiente. Que si no le contaba lo que estaba pasando a sus padres, lo iba a hacer yo. Intenté retenerla. No pude. Se fue sin querer verme el rostro.

Al día siguiente me escribió. Me dijo que había hablado con una tía que vivía cerca, que iba a empezar a almorzar con ella. No llegué a saber si fue verdad. Quise creerle. Me bastaba con saber que intentaba estar bien.

El último sábado que estuvimos juntos, alquilé un Airbnb. Fuimos a comprar cosas, cocinamos, vimos una película y dormimos abrazados. Fue una noche especial. O eso quiero creer.

El martes me dijo que se iba a quedar a dormir en casa de su mejor amiga. El miércoles casi no hablamos. El jueves, mientras acompañaba a mi papá a su quimioterapia, me llegó un mensaje por WhatsApp.
Me estaba terminando.

No lo entendía. No por chat. No así. Le pedí que me lo dijera en persona. Me dijo que no quería. Que si me veía, no iba a poder hacerlo.

Le dije que iba a ir igual.

Eran las diez de la noche. Dos cuadras antes de llegar a su casa, la vi. Venía regresando del market. Bajé del taxi y corrí. Le grité su nombre. No volteó. Abrió la reja de su casa. La alcancé antes de que cerrara.

—No lo cierres, por favor. Solo quiero hablar —le dije.

Me miró, su rostro por primera vez al verme lo sentía frío y vacío. Cerró la puerta.

Me quedé congelado frente a la fachada. A los minutos, salió. Pensé que íbamos a hablar. Pero no. Me devolvió una casaca que le había prestado en una noche de frío, y un collar mío que alguna vez le puse como pulsera. Le dije que no me devolviera nada. Que era suyo. Que solo quería cinco minutos. No dijo nada.

La señora que le alquilaba el cuarto donde vivía salió a mirar. La situación era extraña. Le dije a Sofía que no quería causarle problemas, que no iba a hacer escándalo, que lo único que le pedía —por primera y única vez desde que nos conocimos— era que saliera a hablar conmigo. Que me diera cinco minutos.

Sofía cerró nuevamente la reja.

Me crucé al parque que estaba al frente. Me senté en la banca. No sabía qué más hacer. Esperarla era lo único que me quedaba.

3:05 a.m. — Parque José Luis Bustamante, Surco.

Kaito:
—¿Ella saldrá? ¿Qué hice mal? Debo esperarla una hora más. No, no… ella no saldrá. No me merezco esto. ¿Me quiso de verdad? ¿En qué fallé? No tiene sentido toda esta mierda. Hace cuatro días éramos felices. ¿O solo lo fui yo?

Sofía nunca salió…

Naoki Uyehara

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