Soledad,
ven.
Siéntate un momento junto a mí
No te quedes ahí,
de pie, junto a la puerta,
como si fueras una visita
Hace años que compartimos la misma casa
Te conozco mejor
de lo que conozco a muchas personas
Conozco tu manera de llegar
cuando la noche se vuelve demasiado grande
Conozco tus pasos
Tu respiración
Tu silencio
Y sin embargo,
qué poco saben de ti quienes te nombran
Te temen
Hablan de vos
como si fueras una enfermedad
Como si vinieras a quitar algo
Pero yo sé la verdad
Tú nunca me quitaste nada
Fuiste tú quien me enseñó
a escuchar el ruido de mi propia alma
Fuiste tú quien permaneció
cuando otros se marcharon
Fuiste tú quien me obligó
a conocer habitaciones de mí
a las que jamás habría entrado acompañado
Dime, Soledad,
¿cuántas personas mueren
sin haberse encontrado nunca?
¿Cuántas llenan sus días de ruido
sólo para no escucharse?
¿Cuántas corren
porque detenerse significaría mirar?
Tú lo sabes.
Lo has visto todo
Has estado sentada
junto a los poetas,
junto a los náufragos,
junto a los ancianos,
junto a quienes aman
y junto a quienes han dejado de hacerlo.
Por eso esta noche
no voy a pedirte que te marches
Quédate.
Pero no demasiado
Porque incluso los viejos amigos
deben saber cuándo levantarse de la mesa
Y mañana,
cuando abras la puerta al irte,
déjame una cosa solamente.
Déjame el silencio suficiente
para seguir escuchando
la vida.
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