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Puse Emotion,

de Samantha Sang con los Bee Gees,

y dejé que la noche hablara.

No había nadie a quien extrañar,

ninguna llamada que esperar,

ningún nombre escondido

entre las canciones.

Solo yo

y ese silencio

que antes me asustaba.

Sonó Yesterday,

de The Beatles,

y pensé en lo extraño que es

cómo algunas personas viven mirando atrás,

buscando en otros

lo que nunca aprendieron

a encontrar dentro de sí.

Yo ya no.

Después, Rod Stewart cantó

I Don’t Want to Talk About It,

y me pareció perfecto.

Hay cosas que no necesito contar.

No porque duelan,

sino porque ya dejaron de importar.

Llegó Honesty,

de Billy Joel,

y pensé en todas esas personas

que se toman de la mano

mientras se mienten a la cara.

Qué curioso llamarle compañía

a tener a alguien

y seguir sintiéndose solo.

Entonces sonó Creep,

de Radiohead,

y comprendí que quizá

la peor soledad

no es dormir sin alguien.

Es estar acompañado

y sentir que no perteneces.

Yo prefiero mi habitación vacía,

mis canciones,

mi copa sobre la mesa

y la libertad de no fingir.

Whitney Houston comenzó a cantar

I Wanna Dance with Somebody.

Y sonreí.

Porque sí,

a veces quiero bailar con alguien.

Pero no necesito a nadie

para disfrutar la música.

Afuera, la ciudad seguía llena:

parejas, promesas,

besos de madrugada,

personas buscando en otros

la forma de no sentirse vacías.

Y yo aquí,

descubriendo que el silencio

también puede sentirse como hogar.

Empezó Wonderful World,

de Louis Armstrong,

y pensé que tal vez

no hace falta que alguien llegue

para que todo tenga sentido.

Let It Be,

de The Beatles,

terminó sonando a lo lejos.

Y por primera vez

no quise que nadie llegara.

Porque hay soledades

que no necesitan ser curadas.

Solo necesitan

ser disfrutadas.

Aleinad

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