- Pasa que lo está siempre disponible no enamora, So. – me aclaré la garganta para introducir la idea, mientras Sofía se peinaba frente al espejo, habiendo pasado el pelo hacia el lado derecho y dejando su oreja descubierta. Lo que está siempre disponible pierde algo, no es casualidad que el interés quede a un costadito, que se yo. – Sofía no acotaba nada, aunque hacía gestos con la boca mientras ladeaba la cabeza, intrigada, dando a entender que en parte estaba de acuerdo.
Es como ese vaso de mierda que está sucio hace dos semanas, que ninguno de los dos lava y de noche siempre nos salva. Siempre volvemos a usarlo pero podemos vivir tranquilamente sin él. Nunca vamos a dudar de que esté ahí esperando, porque efectivamente ninguno de los dos lo lava.
- ¿Para qué lavar con agua lo que usamos para tomar agua? – dijo mientras se reía y forcejeaba con su pelo un poco enredado en el cepillo. Luego continuó: Lo que está siempre a mano es sospechoso, tenés razón. Aparte justo vos, que solo sabés rebuscar en lo lejano, te sentís extraño si algo está tranquilito. Perdón si me alejo un poco de los vasos… – dijo y se rió.
- Mejor ni contesto… Creo que lo que importa es el roce, la posibilidad de que no suceda de nuevo. ¿Viste esos detalles que necesitas, sí o sí, capturarlos en el momento justo? Esos que sino se pierden, y no te das cuenta miles de veces, sino sería insoportable. Hay algo en el temita del amor; el otro día pensabámos con Juan; el temita del amor es como una estación de tren. Si vos te quedás hasta muy tarde, deja de haber trenes.
- Mmm, entiendo. Yo tengo otra analogía, a ver cómo me sale. – dijo Sofía.
- A ver… intentalo. – le comenté.
Sofía dejó el cepillo sobre el borde de la mesita, bajo el espejo. Dejó de mirarse con el privilegio de quien puede sacarle los ojos de encima, cosa que me cuesta tanto. Y ella dejaba de mirarse como si fuese simple, como si desprenderse de uno mismo no fuese distinto a un olvido insólito de paraguas en un taxi en la noche lluviosa de jueves en Buenos Aires. Sofía deja sus versiones tan descuidadamente que a veces me preocupo, otras la admiro. Entiendo en ella la capacidad más elevada de la supervivencia: porque si sabe vivir sin ella, sabe vivir sin todo.
Vino, se dejó, me miró de frente, se sentó en la mesa apoyando los pies en la silla que había quedado al costado. No quedaba ni un orden a salvo de ella. Acomodó su pelo tras la oreja, el mismo gesto que antes; sin embargo, ahora sería para escucharse.
- Hay cosas siempre disponibles por todas partes. Mirá el reloj, el espejo, las paredes… – mientras se tomaba una pausa para coordinar las ideas, yo formulaba casi a la velocidad de la luz acotaciones: el reloj que siempre marca mal la hora, el espejo que nunca muestra lo que quiero, las paredes de una pieza que bien se parece a la mía pero no lo es. - esas cosas que están siempre disponibles se vuelven invisibles. Y nadie se enamora de lo que no ve.
- ¿Cómo que no? – interrumpí. – ¿Y Dios, Sofía?
- Justo vos me decís eso… – se rió encaprichada. – Igual, pienso que volvemos a vernos, justo cuando se va. Cuando se va sin aviso, es más, ahí es cuando empieza.
Tarde, feroz, inútil. Nudo en la garganta que llega cuando el “para siempre” se acabó. Y el correr detrás de lo que siempre estuvo quieto complica bastante las cosas…
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