Últimamente la sensación de vacío me anda acechando incesantemente, ratos muertos del día en los que me percibo como lo que realmente soy: ser en el espacio, algo que es en el mundo. Pareciera que la distinción del sujeto de conocimiento que anda en bipedestación es la de poder otorgar algo más a esa mera realidad. Comúnmente son percepciones metafísicas, pero hay varias concepciones a lo largo de la historia y de los individuos. Por otro lado, el sentimiento juega un papel fundamental en ese “algo” que los humanos le agregan a la experiencia terrenal de vivir. Desde el amor por la vida hasta el desdén más artificial posible (eventualmente genuino), influyen en la voluntad de vivir del sujeto y lo apegan a la vida o a otras cosas, a veces la vida no es la cosa en sí, si no la autosatisfacción del individuo consigo mismo necesaria para abandonar este mundo. Montones de aspiraciones que cumplir, muchos complejos que reducir, bastantes deberes antes del desenlace. Y es acá donde me encuentro con la esencia intima de todo: vacío. Siento que a veces la capacidad de sentir ese abatimiento ante lo vacuo que me parece todo en esta vida limita mucho mi entrega a este mundo.
Un modo menos enrevesado de decir todo lo dicho más arriba: por momentos en el día, todo tiene tintes de futilidad absoluta, tornándome yo apático y abúlico. Esa aptitud que tienen los individuos de seguir haciendo incluso sin pensar y sin claudicar ante el sentimiento de la nada… los verdaderos herederos de la tierra, impermeables ante la sensación de desolación de percibir todo con magnánima inanidad. Aquellos carcomidos por su cabeza y paralizados en la inacción están a la espera de ser uno con la nada en todos los aspectos. El olvido los aguarda, pero para consuelo de ellos, el recuerdo se torna insustancial.
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