mobile isologo
buscar...

Sobre las flores.

Evan

Feb 6, 2026

69
Sobre las flores.
Empieza a escribir gratis en quaderno

Alzo la mano, no en súplica, sino en verificación. Un gesto lento, pesado como el badajo de una campana que ya nadie toca. Los rayos atraviesan la carne translúcida de mis dedos, y por un instante terrible y hermoso, soy un vitral de fragilidad: huesos como plomo, sangre como luz filtrada. Mi palidez—esa tela gastada de mi piel aduraznada—se sonrosa bajo el tacto solar. No es vida lo que brota, sino su sombra: un rubor efímero y enfermizo que nace de que la luz me use de colador. Observo el espectáculo con la curiosidad distante de un entomólogo ante su propio cuerpo clavado con un alfiler. Ahí está mi mano, sosteniendo la luz, sosteniendo el vacío. Mi prueba.

Mi rostro es un mapa de la fatiga que he firmado con cada lágrima. La piel, tirante y salobre por el llanto reseco, lleva grabado el relieve de derrotas interiores, como la corteza de un árbol registra las sequías. Mis ojos—dos pozos de un brillo anómalo, húmedos y vidriosos—duelen con la nitidez de lo que ha visto demasiado y ha dormido muy poco. Ese brillo no es vitalidad; es el pulido del dolor, la superficie lisa y resbaladiza que adquiere una piedra tras siglos de corriente constante. Mi cuerpo, esta arquitectura de robustez suave y palpable—no delgada, sino de contornos firmes y una carne que ha sido refugio y prisión—, siente una fortaleza absurda: la del animal grande que, aun derrotado, sigue en pie por pura inercia física, por la terquedad de una masa que se niega a ceder. Sobrevivo porque mi organismo, con terquedad burocrática, sigue procesando aire y luz. Pero también soy débil por exposición. Me han dejado a la intemperie del ser, despojado de toda coraza, y ahora el mundo me atraviesa como el viento a una celosía, dejándome frío en los huecos.

La ropa es mi refugio de segunda mano. El suéter, grueso y áspero, abraza la robustez de mis hombros y mi torso con una presión justa, recordándome los límites de este cuerpo que ocupo. Es holgado, apenas limpio, y me cubre por entero como un sudario provisional. No me pertenece; soy su inquilino temporal, un fantasma que alquila tejidos para no desvanecerse del todo. El ambiente huele a césped recién cortado, un aroma dulzón y agrícola que choca con el sabor a metal viejo de mis lágrimas. A lo lejos, el agua corre con un murmullo monótono, la banda sonora de un tiempo que fluye indiferente. Una mariposa—un destello azul y negro, un párpado nervioso del mundo—se posa en un ramillete de flores amarillas. Su aleteo es un tic de la realidad. La observo, y siento la distancia insalvable entre su perfecto automatismo biológico y mi caótica y atormentada conciencia. Ella es; yo me pregunto por qué soy.

Entonces, algo patalea en las profundidades fangosas de mi intestino. Es el hambre. Un animal pequeño, ciego y tierno que roe las paredes de su cueva con una fe desesperada. Pero la dejo pasar. Observo este impulso con la misma frialdad con que observé la luz en mi mano. Mi complexión—esta arquitectura de robustez suave, de carnes que han sido tanto escudo como carga—debería, en teoría, poder soportarla un tiempo más. La robustez que me acompañó, que me dio presencia y peso en el mundo, ahora es mi única tregua, el colchón que amortigua la caída. La teoría es el último consuelo del intelectual desahuciado. Todo en mí se vuelve experimento: cuánto puede aguantar este cuerpo sólido, cuánto el alma, antes de que la máquina falle y por fin conceda el silencio.

Desvío mi atención hacia el rocío. Gotas minúsculas, perfectas, pendientes de los pétalos como lágrimas que la madrugada olvidó recoger. Captan la luz y la fracturan en destellos de diamante efímero. El cielo es un manto de un dorado majestuoso y opresivo. Abraza a los transeúntes, a esos seres dichosos que caminan bajo él con un propósito claro en el paso, con un lugar adonde ir. Ellos son parte del paisaje; yo soy el observador fuera del cuadro, el fantasma en el margen. Y, sin embargo, puedo respirar. El aire entra y sale de mis pulmones con una fidelidad mecánica conmovedora, un milagro cotidiano que me conmueve hasta las lágrimas. Y las lágrimas, otra vez. No son de tristeza, sino de un agotamiento tan profundo que licúa los huesos y los expulsa por los ojos. Lloro la cansada perseverancia de mi sangre.

Veo pasar a los perros. Sus pelajes brillan con el mismo dorado del cielo, como si fueran fragmentos desprendidos de la bóveda celeste, animados y felices, viviendo en el presente absoluto de los olores y las caricias. En este instante, en este preciso paraje de banqueta y rayo de sol, nada duele. No hay insultos que corten como cuchillos mellados, ni abandonos que dejen un vacío de geometría fría en mi pecho. Hay un silencio. Y en ese silencio, una idea se insinúa, débil como un suspiro: nadie abandona si el cielo me escucha. Pero el cielo, ese enorme oído de piedra azul y nube, ¿escucha? ¿O solo registra, como un notario cósmico e impasible, la mueca de mi sufrimiento, archivándolo en un legajo polvoriento?

Decido caminar. Mis pies me llevan, sin que yo lo ordene, hacia la iglesia que se alza al final de la calle, su espiraña una aguja apuntando al vacío que quizás sea Dios. En este peregrinaje automático, me permito el lujo del mártir. No me contengo. Dejo que el llanto fluya sin forma ni sonido, un río salado por mis mejillas que traza el mapa de una tierra yerma. Es el luto no por una muerte, sino por una vida mal plantada, por la semilla de mí mismo que cayó en tierra pedregosa y aún así insistió en germinar contra toda razón.

Al cruzar el umbral de sombra fría, un escalofrío me recorre la espina dorsal. No pido salvación. Ese comercio con lo divino me parece, ahora, de una obscena vanidad. En su lugar, susurro hacia el altar vacío, hacia los santos de yeso con sus sonrisas pintadas y sus ojos ciegos:

No me salves.

Solo permíteme la justa remuneración. El pago atrasado por haber sembrado esperanza sin límite en tierras yermas. Por haber regado con mi propia agua—con mis lágrimas—un desierto que jamás prometió florecer. No quiero el cielo. Quiero el reembolso de mi inocencia. La devolución de esa moneda de fe que gasté en una feria que nunca existió. Permíteme, simplemente, no vivir en el luto perpetuo por aquella esperanza. Déjame canjear este dolor por un vacío limpio, neutro, honesto como el de la piedra. Un estado en el que "seguir vivo" no sea un acto de resistencia heroica, sino la simple y dócil inercia de un cuerpo robusto que, como la hierba, se inclina ante el viento sin preguntar por qué, sin esperar recompensa.

Me desplomo en un banco de madera desgastada por siglos de rodillas anónimas. El olor a cera derretida y polvo antiguo—el perfume de la fe gastada—llena mis pulmones. Desde aquí, a través del rosetón, veo el mismo sol dorado. Ahora está fragmentado por los vidrios de colores, convertido en una lluvia de luz roja, azul y verde que cae sobre el suelo de piedra. Es hermoso. Y su belleza me atraviesa sin consuelo, como un alfiler fino atravesaría a un insecto ya muerto, fijándolo para siempre en su pose última, bella y trágica, en una colección de maravillas naturales.

La resiliencia dócil. Ese es el nombre de este peso que cargo. No es la fuerza del héroe, sino la tenacidad pasiva de la enredadera que crece sobre las ruinas, abrazando la destrucción porque es lo único que le queda. Es seguir, porque el mecanismo no se ha detenido, porque el corazón, ese músculo testarudo, sigue bombeando en este pecho ancho, bajo esta piel aduraznada y esta carne que aún es suave y cálida al tacto. Es sentir el suéter abrazando la robustez de mi torso, el hambre pataleando, la mariposa posándose, y reconocerlo todo con una lucidez que duele más que cualquier ceguera. Es saber que el cielo, probablemente, no escucha. Y, aun así, ofrecerle el llanto como una ofrenda absurda y necesaria, la única moneda auténtica que le queda al náufrago de sí mismo, al niño que una vez fui y que aún espera, desde algún rincón destrozado de este pecho sólido, a que alguien venga a buscarlo.

Aquí me quedo. En la penumbra sagrada, bajo la mirada de los santos ciegos, con mis ojos brillantes de un dolor que se ha vuelto casi físico, casi tangible, un cristal dentro del pecho. Respirando. Esperando, sin esperar nada, a que pase este espasmo de existencia, o a que la luz coloreada del rosetón me cubra por completo y me convierta, por fin, en una mancha más en el suelo de la vieja iglesia—una mancha cálida, dorada por un instante, antes de que la oscuridad lo reclame todo.

Evan

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión