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sobre el infierno y saber amar sólo a sus muertos

Aug 29, 2024

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sobre el infierno y saber amar sólo a sus muertos
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«Seguirás siendo hiena, etc. », exclama el demonio que me coronó de tan amables adormideras. «Gana la muerte con todos tus apetitos, y tu egoísmo y todos los pecados capitales.»
— Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno (1873).

En mi cumpleaños de quince, mi tía paterna, una de tantos hermanos con los que mi padre no hablaba en vida y por lo cual no son mis tíos, me acercó una copia de una versión en Francés y Español de Una temporada en el Infierno o Une saison en Enfer de Arthur Rimbaud; me dijo que yo era complicada y que fue complicado encontrar esa copia, que tuvo que pasar por dos librerías en Morón para dar con ella. Yo me reí, por supuesto, y creo que la abracé pero no me acuerdo. Se lo había pedido para ese cumpleaños de quince en el que no hice fiesta ni viaje sino una celebración escuchando cumbia y post-punk con mi familia y una amiga de ese entonces; con sencillez me retraje hacia el final de la velada y me fui a leer un poco. A mis quince años practicaba la fonética francesa con ese libro y no entendía el desglose de simbolismos. Creo que nunca logré entenderlo, a lo mejor por eso mi escritura es toda carne y vértebras estrelladas contra el suelo, sin grandes metáforas, parábolas o palabras largas, tan sólo obsesiones que no se podrían detener nunca porque no se detienen ni con el anti-psicótico que tomo, sin falta, cada mañana. Las pastillas de la locura, les digo en chiste o en serio, eso tampoco lo sé, lo digo desde los dieciséis años así que se me olvidó su intención primera.

A lo mejor es un poco la locura o lo que ésta manifiesta, el desgarre psicótico a los dieciocho años o no tener padre, pero siempre he amado a los hombres muertos. Mi tipo son ellos, los que han dejado de respirar hace rato, siglos atrás, y me refiero a toda clase de difuntos: desde River Phoenix hasta Lord Byron, de Lord Byron cargando el cadáver de Percy Shelley hacia la costa para que Mary le arranque el corazón hasta muertos menos destacados, como también los que desaparecieron y fueron dados por perdidos, como Richie James Edwards. Pienso en Jeff Buckley hecho uno con el agua, reconocido por la perforación del ombligo tras ser sacado del mar porque su hinchazón haría imposible develar su tierno rostro angelado, y cómo cantaba en vivo una versión de I know it's over de los Smiths que enhebra See, the sea wants to take me / the knife, it wants to slit me / do you think you can help me?

Entre todos ellos, Arthur Rimbaud se alza con la condecoración de príncipe de un avasallante mundo lleno de humo y gritos. Él, que se enamoró de la poesía al ver a un militar muerto contra un tronco en la tibia adolescencia francesa, él que se creía galo salvaje, él que abandonó el mundo de la literatura, donde todos lo creían una eminencia a sus diecinueve años, superador de Baudelaire seguramente cuando llegara a los treinta y dos, para convertirse en un traficante de armas en el Este de Etiopía, el hombre de mis quince años.

Sé que no fui la única adolescente del mundo enamorada de mil hombres muertos, si en el fallecimiento de Layne Staley durante una lluvia torrencial en Seattle aparecieron un montón de desgarbadas chicas con velas y fotografías mojadas por el llanto. Sé que no soy la única que deseaba estar en la tumba junto a ellos, taparme completa con tierra repleta de gusanos y esperar que éstos me sacasen los ojos aún estando viva, abrazando a mis amados hombres adictos y escritores. Y en mi vida, en todo momento, incluso siendo feliz, he deseado detener el tiempo para engullir por siempre este terrible odio, para sucumbir ante el estertor entre el abrazo frío de huesos fluorescentes por los gases cadavéricos.

Da igual el por qué pues no soy musa de nada ni tampoco merezco una muerte acompañada por amores adolescentes. Sé que merezco una muerte peor que el descanso para siempre, sé que me tocará un Más Allá, que es lo que más temo, y que ese Más Allá estará regulado por visiones de espanto como en mis sueños de todos los días. Hoy soñé que tocaban una campana mientras yo estaba en un enorme colegio o nosocomio, soñé que la campana sonaba cada vez más fuerte y que, al girarme, había una mujer de largo pelo castaño con un vestido acercándose a mí. No vi su cara, pero sentí mucho miedo, me eché a correr y luego me desperté ahogándome. Supongo que duermo tan mal por el trastorno de sueño y no porque el Diablo me tira el pelo y se sienta encima de mi esternón cada vez que intento respirar, y sin embargo me pregunto si mi maldición es la carne y el hueso pero también es la compulsión que me lleva a querer desarmar tumbas, saquearlas, llenar a quienes ya-no-son de abrazos y besos igual de pútridos que sus carnes, jurándoles que los traeré a la vida de vuelta tan sólo con mis lágrimas de viuda insolente porque quiero que vivan de nuevo, quiero ser la patria de todos ellos, ser mejor que una madre que toma la mano de su crío para sacarlo del peligro de un perro rabioso, quiero darles lo que no he regalado a nadie vivo: mis sueños estériles, esos injertos rechazados de un mundo que resiento por hacerme humana y no gusano de la putrefacción que es una vida consciente mucho más fácil porque sólo basta con ser carroñero. Ya en esta vida soy carroñera aunque haya dejado de impartir clases en la materia, pues amo a los adictos, a los muertos, a los presos como mi padre que estuvo preso dos veces y porque amé a los que nunca me amaron ni me quisieron, porque amé la cocaína y amé el Diazepam con vino que bajaba a los catorce años escuchando The Jesus and Mary Chain.

¡Pero juro que amo mi vida, la amo aunque ella me odie! ¡Y amo, amo aunque no entienda, aunque no sepa, aunque en el fondo sienta que no amo nada que respire ni que dormite para siempre! ¡Amo aunque el mundo de los vivos me eche siempre por la puerta trasera y aunque el de los muertos no se canse de prohibirme el paso! Sí, yo amo, pero ¿se puede amar a quien roe entrañas con sus bacterias y sus heces por no saber roer el corazón? ¿Se puede amar a quien suspira por otro mundo, uno de inacción, de ningún nuevo hallazgo, un mundo que zapatea en habitaciones llenas aunque nadie lo vea ni lo escuche ni lo sienta?

Me muero de cansancio. Es la tumba, voy hacia los gusanos, ¡horror de los horrores! Satán, farsante, quieres disolverme en tus encantos. ¡Exijo! ¡Exijo un golpe con la horquilla, una gota de fuego!

— Arthur Rimbaud, Una temporada en el Infierno (1873).

@lanosferatu

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