La veo fumar desde la ventana, empolvada, envuelta en una nube de humo gris que me dejaba ardida la tráquea. Es como si se recubriera dentro de una burbuja tóxica para que no me acerque a molestarla. Yo ansío que sea la hora de salir de casa para alejarme y fumarme un cigarrillo también. Odio el cigarrillo, digo mientras lo prendo en una calle vacía, como le digo a mi mamá en la cara y le toso con la esperanza ingenua de que lo deje a los cincuenta y pico. Odio el cigarrillo, pero que placer sentir que me pudre los pulmones, como a mi mamá y a mi abuelo. Tal vez, en el fondo el vínculo sanguíneo nos encontraba a los tres en esas mismas ganas de morirse sin escrúpulos. Chupo el humo y evito llorar. Puedo superar ese llanto primario y sentirme un poco más grave, como si la piel se me curtiera y fuera un hombre viejo obligado a vivir y padecer.
Volví a la hora de comer y me fui al patio. De la casa de al lado venía vida. Porque había niños. El ruido limpio de la noche se llenaba de gritos de juego, de correteo y voces pequeñas.
En mi familia ya no había niños.
La abuela había muerto y nadie podía moverse. Todos sus hijos, mis tíos, volvían a parecerme niños desconsolados, pero mudos. El silencio reposaba con más peso sobre los muebles de la cocina. A todos se nos enterraba en la garganta un anzuelo de secretos que venían del pasado. El susurro bajito de lo que todos sabían un pedacito, pero juntar las piezas sería escabroso. Las bocas se cocían con un hilo de yute antes de poder hablar.
En nuestro comedor lo único que parecía obligarnos a reconocer lo inminente de su ausencia era ese armatoste de hierro y madera en el centro que todavía no sabíamos dónde poner. Qué vamos a hacer con eso, preguntaba uno de mis tíos. Y mi mamá se la trajo para casa, como si reubicara una molestia pesada que nadie se anima a tirar.
Algunas noches después de su muerte, me quedé pensando en lo espléndida que fue, mientras miraba el pedal de hierro desde el sillón. Me acordé de cuándo yo era una niña y mecía mis pies en él sigilosamente.
Paso los dedos por el metal frío de la máquina, pensando dónde iría el hilo. Abro los cajones rellenos de polvo. Me gustaría saber usarla, sólo para que no sea una cosa inútil en medio del comedor minúsculo. Es tan vieja que no tiene nada que ver con los otros muebles; jamás se fundiría en el ambiente como una decoración.
La toco e imagino a mi abuela allí sentada, arreglándole la ropa a sus hijos en su casa recién comprada. A veces por las noches uniendo telas. Iluminando la oscuridad. Perfecta cómplice de esa oscuridad. Cautiva.
Parada al lado de la máquina siento que floto y ella se clava en la tierra como un ancla.
Me siento de frente sin apoyar aún los pies. Me reclino sobre ella, entonces me demanda, me hace verla de cerca y disponer el cuerpo. Sus engranajes, sin agujas ni hilos, se vuelven más nítidos y desconocidos. Mi incomprensión hace que tema romperla, pero llevo los pies sobre el pedal y las piernas temblorosas me piden empujar. La rueda gira y los engranajes chirriantes resuenan en mí. El sacudón me deja inmóvil. Escucho cómo mamá mueve algo en la cocina.
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Ludmila
Escribo la vida para que haya algún testigo. Escribo todo para ahuyentar la nada. Para saber perder. Escribo para hacer suave la catarsis del alma. Escribo.
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