“Disparos remotos rompen el silencio de la pradera.
Los niños, ajenos a ello, recogen flores
cercanas a un cauce.
Apoyados sobre el barro, toman los tallos y arrancan
cuidadosamente la vida de estas.
Uno de ellos tropieza y cae al agua, empapando
su ropa.
Frustrado con su propia torpeza,
salpica a sus amigos,
iniciando un juego
dónde todos acaban
con las prendas mojadas.
Tras varios minutos dónde las risas
se entremezclaban con el sonido
de las armas, decidieron
tomar rumbo de vuelta a sus hogares.
El último de ellos tenía que
recorrer más distancia,
pues su casa se encontraba
a las afueras del pueblo.
Las calles, ruidosas,
contaban historias de guerra:
edificios derruidos, cuerpos por las calles,
hombres armados… el miedo
se posaba sobre las farolas.
Antes de alcanzar su domicilio,
vio a varias personas
ejecutadas en un callejón.
Las parcas habían vuelto.
Una vez en su casa, encontró la entrada abierta.
Nada más cruzar el umbral,
el cuerpo de su padre se hallaba
sobre un charco de sangre.
Corrió hacia este, gritando,
y al girar la cabeza en busca de su madre,
varios hombres encapuchados
apuntaron sus armas
hacia él.
Las balas rompieron el silencio
y su vida fue arrancada de golpe,
como aquellas flores
que portaba entre sus dedos.
El silencio tomó su lugar una vez
que estos marcharon
con las manos
llenas de sangre
y sus egos
inflados hasta el hartazgo.
Cobardes alimañas
que usan el miedo
como lanza.”
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