La muerte me susurra al oído como si me buscara. La vida me grita fuerte que espere, que aún queda tiempo, pero el cansancio pesa más que las promesas de un mañana incierto. El dolor inhibe mis sentidos; las voces a mi alrededor se vuelven ecos lejanos, incomprensibles, como si el mundo siguiera girando mientras yo permanezco
inmóvil.
Respirar se hace más difícil. No sé si es tristeza o agotamiento, pero mi pecho pesa como si cargara todo aquello que nunca dije, todo aquello que nunca fue. Mis lágrimas cesan, no porque el dolor se haya ido, sino porque incluso llorar parece exigir más fuerza de la que queda en mí.
Mi color favorito siempre fue el azul. Solía encontrar consuelo en su calma, en su inmensidad silenciosa. Ahora, al mirar mis manos vestidas de carmín, me pregunto si incluso los colores aprenden a doler.
Entonces llega el silencio. Mi mente está en blanco y, por un instante, todo es tranquilidad.
Por fin, estoy en paz.
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