Hubo un tiempo, perdido ya en el ruido de los años, en que el pánico a que esto me matara era un pulso constante en mi garganta. Es esa misma impotencia de plomo, un malestar de siglos que cargo sobre la espalda como una torre de penas mal diseñada desde que tengo uso de razón. A veces, mi percepción se quiebra y juro que mi cuerpo no es piel, sino una vasta extensión de quemaduras de tercer grado, un mapa de nervios vivos expuestos al aire corrosivo de los demás, me arde existir, no me siento más que una criatura patética anhelando el bálsamo de la compasión.
Me desprecio por habitar esta materia tan blanda, por ser esta pulpa sensible que insiste en latir cuando todo afuera es arista y herrumbre. Me aterra el vacío que bosteza en mi pecho; es una habitación oscura que se va llenando, centímetro a centímetro, con una desesperación espesa, casi táctil, lleva a veces el aroma de aquel a quien llamé amigo, otras veces sólo huele a funeral. Me asalta la náusea de preguntarme si alguna vez tendré el derecho legal de ser algo más que este residuo; quiero desesperadamente desvincularme de mi dolor, pero este es un escultor celoso ya ha calcado mis huesos, ha tomado mi forma, ha reclamado mi nombre.
No sé lo que es el descanso, mi vigilia es un pasillo infinito de ecos. Pero ya no puedo permitirme el lujo de detenerme a lamer estas heridas gangrenadas por el abandono, llagas que supuran el silencio de quienes alguna vez llamé «hermanos». No habrá más quejas. He decidido que el silencio sea mi única piel.
No pretendo proyectar una sombra más alta que mi estatura. Me conformo con habitar esta sencillez, con la paz de los condenados que ya no esperan el indulto. Nunca aprendí el arte de ser visto y hoy rehúyo cualquier reflector, pero este cuerpo —mi cárcel y mi refugio— todavía traiciona mi voluntad y tiembla de frío, mientras se calcina en la hoguera de la ausencia. Todavía mendigo, en el secreto de mis músculos, el peso de un abrazo. Me arrastro hacia la orilla de la existencia, arañando la arena como si la salvación fuera un trámite posible, pero la marea sabe la verdad: aquí no hay rescate.
Si decido clausurar mi puerta y marcharme, el veredicto social será una nota al pie de página: dirán que yo era un nudo de problemas irresueltos y procederán a omitirme con la eficiencia de una oficina de correos. Otros, más crueles, me tacharán de humano disfuncional, una criatura apasionada por crear que nunca tuvo el genio suficiente para pagar el precio del reconocimiento. Y si interrogan a quien alguna vez fue mi espejo y mi amigo, dirá con voz plana que mi rostro se le ha vuelto un borrón, que prefiere no hablar de lo que ya no existe. Al de cabello rizado le preguntarán por mí, y él, con esa tristeza anémica de siempre, solo alcanzará a decir que yo siempre quise ser, pero que el permiso para existir nunca llegó a mis manos.
Suena a delirio, lo sé; a fiebre de última hora. Pero siempre que fantaseo con el fin, me imagino que se me permite la ternura de no ser un extraño. Me gustaría preguntarle al destino si me concederá el privilegio de morir bajo el amparo de un abrazo aliado, un último contacto que detenga mi caída, o si me tocará la intemperie absoluta, ese frío de orfandad que ya conozco por inercia y por condena.

Evan
Busco un ángulo muerto para mi tristeza; la calma de quien no busca ser carga en el paisaje, pese a que su configuración aún demande la anomalía de una ternura que le rescate.
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