Llegué tarde otra vez. El trabajo, la excusa de siempre. La abuela abrió la puerta con esa sonrisa que no preguntaba por qué había pasado tanto tiempo. Me abrazó fuerte, aunque ya no le quedaban fuerzas para apretar.
—Cuéntame cómo estás —pidió.
Hablé de reuniones, de lo ocupado que estaba. Ella escuchaba, sin interrumpir. Sin aviso, puso su mano arrugada sobre la mía. No apretó. Solo la dejó ahí, pesada de años.
—No te preocupes por el tiempo —dijo—. Ya vendrás cuando puedas. Asentí. “Claro. El fin de semana que viene vengo sin falta.” Mentira piadosa. Sabía que no.
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