Me di vuelta y comencé a caminar,
mis zapatos hacían el ruido contra el pavimento -tac, tac, tac-
parecía un conteo.
Con cada paso mi realidad cambiaba tanto como la suya.
Tal vez si hubiera volteado a tiempo habría visto su mirada sobre mi espalda,
tal vez si la hubiese conocido bien habría entendido su mirada rogando que no me alejara.
Tal vez si hubiera prestado suficiente atención, habría notado el movimientos nerviosos de sus manos, de sus gestos, o la constante sonrisa tensa que inundaba su rostro.
Pero yo fui demasiado impaciente como para esperarla y ella demasiado cobarde como para pedirme que no me fuera.
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