Desde muy pequeña soñé contigo,
como si tu nombre ya viviera en mi memoria
antes incluso de que el mundo nos presentara.
Y aunque te busqué entre otros hombres,
aunque intenté encontrarte en miradas ajenas,
tú no estabas allí.
No importaba cuánto buscara:
tu ausencia tenía la forma exacta de tu presencia futura.
Porque aun sin conocerte,
sabía que estabas esperando por mí en algún lugar,
como una promesa escrita en silencio,
como un destino que respira despacio
hasta que llega su momento.
Y desde el primer día que te vi,
allí, entre las penumbras de una fogata,
sin ver con claridad tu rostro,
sin entender todavía tu historia,
supe que eras para mí.
Supe que eras ese sueño antiguo,
esa búsqueda que por fin encontraba descanso,
esa luz que, aun nacida de las sombras,
reconocí como hogar.
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