Esa noche no fue intensa, fue profunda.
No estuvo sostenida por el deseo, sino por la cercanía.
No tuvo urgencia, tuvo tiempo.
Hubo abrazos largos, besos que no buscaban nada más, charlas que se extendieron sin mirar el reloj.
Como si el encuentro no estuviera guiado por lo que solía ser, sino por algo mucho más simple y más humano.
El cuerpo, por momentos, quiso descansar de su papel.
Y en ese descanso apareció algo distinto: ternura.
Lo más fuerte no fue lo que pasó, sino lo que dejó de ser necesario.
Y en ese cambio silencioso, entendí que algunas despedidas no se dicen.
Se sienten.
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