El humo que no sale de mi boca, sale de mi espalda. Entre el par de omóplatos, como surcos de unas alas que crecen víctimas de corrupción.
No hay un sabueso que lo huela, ni oídos que devoren mis palabras, ni puertas que se abran a mí abismo, ni ojos que sean ventanas al alma.
De qué sirve romper las nueces, de qué sirve pelar la fruta, si no vislumbras ni un segundo lo que llevas a tu gusto, lo que engulles sin pesar, lo que nutre tu templo a punto de derrumbar.
De qué sirve que lo comas, de qué sirve que lo pruebes, de qué sirve tener respuestas si ni estas te colman de placeres.
De qué sirve tanta agua si marchita, de qué sirve tanto sol si todo arde, un bosque que se incendia entre la lumbre del fuego y de la luna pesadumbre.
De qué sirve tanto amor si no lo notas, de qué sirve tanto llanto si permaneces, de qué sirve estrechar una despedida si no aprendes, de qué sirve tanto amor si no lo entiendes, si no lo puedes, te quedes o lo dejes.
El humo que no sale de mi boca, sale de la tuya, como la estela de lo indigno, como tragar algo podrido.
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