Volver a sentir, este maldito deseo.
Deseo ser elegido.
Le tengo miedo a la indiferencia.
Me hago una autopsia de mis inseguridades.
Abordo este desborde, con angustia luego esclarecida.
Escribo aislado, sintiéndome intruso de mi vida.
Levanto muros de silencio para protegerme.
Para el mundo soy demasiado inservible,
para mí, demasiado vulnerable y frágil.
Vomito mi honestidad, mis contradicciones:
el deseo voraz de ser visto,
y
el terror paralizante de ser conocido.
No puedo evitar pensar que
“soy todas las cosas que están mal conmigo”.
Mi cuerpo siente, mi interior se quema.
El fuego es oscuro.
En mi oscuridad me habito, temo ser destruido.
Soy una gran pérdida para los demás. ¿Lo soy?
Me cuesta creerlo…
No llego a ser espectador de mí mismo,
si no escribiera, no recordaría quién soy.
Nadie me pregunta lo horroroso que es ‘no ser nadie’.
Me falto el respeto en nombre de los demás.
Comprendo que mi sufrimiento no conmueve a nadie.
Mi valentía reside en continuar a pesar de que quería matar algo de mí.
Espero no trastabillar.
No me descubrís,
no me buscás,
no me elegís
ni como tercera opción,
ni soy candidato a elección.
No reprimiré mi cariño ni quiero hacerlo.
Te doy todo y no me cuesta nada.
¿Por qué no podés darme algo?
Pareciera que no me das nada y te cuesta todo.
Solamente quisiera saber si es recíproco,
me gustaría que lo demuestres.
Mi querida acto irreparable.
La gente es una decepción.
La decepción es la gente.
Me decías que era una persona atrayente,
pero, ¿cuándo no es así?
Soy repulsivo.
Sos la expedición que marcará mi vida o mi muerte.
Quizá relacionarse con el corazón sí es peligroso.
No vale el riesgo.
No he conocido a alguien que me haga decir
“quemen los barcos”.
Me preguntás “¿estás bien?”.
Entendiste todo al revés,
es lo que menos importa.
Tu cara de desentendida no me sorprende.
Nadie se pone mal súbitamente, es un proceso.
Ni debés saber que te he expresado hasta la última gota,
mostrándote mi interpretación de los hechos.
Fue en vano, todo en vano.
Te di la iniciativa para conocerme.
No la tomaste, no me conocés.
El nuevo lema “nada es personal”
me acompañó, hasta el colapso.
Tu omisión pulveriza mi bienestar.
Devuélveme una pizca de atención.
Tu preocupación es un instante.
Querés engañarme haciéndolo parecer eterno.
Creía que eras la excepción, la ejemplar…
Me mostraste que no, vuelvo a esta decepción.
Quería que te interese, que me quieras conocer.
Saber que tengo mis resistencias.
Que veas que valgo la pena.
Que me escuches.
Que me sepas leer y quieras releerme.
Jamás comprenderás cuánto esperé tus mensajes.
Pasaron minutos, horas, días.
Todavía nada...
En mi malestar
¿por qué contentarte con SOLO 4 mensajes?
En tu malestar
¿por qué mandarte SOLO 4 mensajes?
Te mandaría cientos.
¿Cómo estás?
¿Qué puedo hacer por vos?
¿Cómo puedo acompañarte?
¿Cómo puedo compartir el dolor que sentís?
¿Cómo puedo sanar tus heridas?
Traspasame tus cicatrices a mi cuerpo,
quiero sentirte…
Eras mi persona prometeica.
Mi querida promesa rompible.
Si me suicidara, todos harían un “como si”.
Me he retirado en cuerpo y alma.
No te preocupes, ahora me retiro de ambas.
¿Por qué te sorprendió que me haya ido?
No había necesidad de estar.
No me llamaron, simplemente me reemplazaron.
No fueron capaces de preguntar por mí.
Me limito.
Me aíslo.
Me margino.
No hablo.
No interactúo.
No miro.
No estoy.
Solo soy.
Si mi presencia es opcional,
mi ausencia será inevitable.
Me creo un rompecabezas de pocas piezas
que para ser dejado de lado,
se fragmenta en millones de trocitos.
Sentirme incomprendido por mi complejidad
y no por desinterés.
Acomplejado para que nadie se acerque.
Abandoné la comprensión.
Quien me hace expresar, me hace escapar.
Con quien intenta acercarse, intento expresarme.
Aléjense de mí, no me pregunten en este momento.
Salvo vos...
Doy instrucciones de mí a través de palabras.
No saben leer(me).
Tengo una cerradura complejísima
entrego la llave y hago una barricada.
Soy el rompecabezas que espera que alguien lo destruya,
busco tu vandalismo,
porque
“si me rompés, es porque me viste”.
Tenías razón, soy inocente.
La gente no va a dar lo mismo que doy,
no puede dar ni la mitad.
Odio aprendido:
mano extendida y desesperada sin estrecharse,
se despliega la desconfianza.
Sintomatizo desamparo,
me escondo para que me busquen;
nadie lo intenta.
Vivo en un laberinto
infinidad de recorridos,
esquinas, aristas.
Bienvenidos todos,
adentro ninguno.
Nadie me sacará de esta soledad,
la esperanza secreta es inútil.
Soy el que espera ser encontrado
en un recóndito aún no explorado.
Soy prescindible.
Soy restos de gestos vacíos.
Los devuelvo al exterior de forma opuesta:
el mundo se carga de bondad, adiós desdén.
TODO a ellos.
NADA a mí.
Finalmente, no me preguntes. No te quiero mentir ni esquivar.
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