Hoy…
la vida me habla en susurros que duelen,
me lanza señales claras como el agua,
me invita a rendirme,
a detener mis pasos cansados.
He notado que no todo tiene sentido,
que lo que un día me llenó de luz
hoy parece sombra y vacío.
Las emociones que antes danzaban en mí
se han ido,
dejándome sola en un mundo que pesa.
Camino con una sonrisa prestada,
mostrando alegría ante los demás
para ocultar el temblor en mi voz,
para que nadie pregunte
por qué mis ojos se quiebran por dentro.
Si hablo, me rompo.
Si callo, me ahogo.
Y mis lágrimas —esas que nadie ve—
son un río de dolor,
de sufrimiento y de agonía.
Pero en medio del hueco,
cuando todo parece perderse,
aparece alguien…
una mano que no se cansa de sostenerme,
una voz que repite lo bueno que soy
aunque yo no lo crea.
Y aunque suelo alejar a quienes me curan,
ellos permanecen.
Porque hay almas
que no se rinden con la oscuridad
de quienes aún buscan la luz.
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