SEÑALES
-¿Carlos, José! ¡Vengan a comer!
Solo le respondió el silencio.
-¡No se los repito más…vengan ya a comer!
Cansada de esperar, la mujer dejó la comodidad del alero de la casa, y con paso decidido se dirigió hacia donde los muchachos se encontraban hundiendo sus palas de punta en la tierra oscura.
- ¿No oyen que los estoy llamando?
-Es que casi no queda tiempo- fue la mutua respuesta de los muchachos.
- ¡Qué tiempo ni qué carajos! ¡O vienen ya a comer, o me van a conocer!
Resoplando, los hermanos arrojaron sus palas, y con pasos resignados enfilaron hacia la casa mientras, enervada, la madre los siguió con la mirada hasta que a la altura de la lindera arboleda observó el intermitente resplandor suspendido en el cielo.
Los muchachos comieron a las apuradas. Cuando se disponían a levantarse de la mesa, su madre los frenó diciendo:
-Antes se comen las mandarinas.
Lanzando resuellos, los muchachos pelaron nerviosamente las mandarinas y se las metieron enteras en la boca, inundando sus caras con zumo pegajoso y dejando lamparones amarillos sobre el mantel de encaje blanco. La madre los miró furiosa y Pablo se excusó repitiendo:
-Como ya te dijimos… no nos queda tiempo.
-La orden es terminar hoy con esto - agregó José.
-¿Terminar con qué? Preguntó impaciente la mujer.
-Con todo lo viejo. Esa fue la orden, y por eso la señal- respondió Pablo, señalando el extraño resplandor que asomaba por la ventana abierta de la cocina.
- ¡Vayan, vayan! ¡Pero en dos horas los quiero de regreso para hacer la tarea! - Ordenó la mujer, cansada de las adolescentes locuras de sus hijos.
Los muchachos corrieron hacia el descampado donde continuaron cavando con desenfreno, hasta que al rato se detuvieron cansados y con el pelo mojado por el esfuerzo. Apoyados en los mangos de sus palas, se entretuvieron oyendo a los petirrojos cantar desafiando el resuello del viento venido de las montañas. De pronto, ambos alzaron los brazos, y mirando hacia el extraño resplandor, exclamaron:
-¡Ya casi estamos!
Desde la habitación de planta alta, la mujer los observaba preocupada. El gesto de levantar los brazos de sus hijos, le recordó el desgraciado episodio de nochebuena cuando, pantagruélico, su marido quiso tragar un enorme pedazo de carne. Asustado por el ahogo, levantó los brazos pidiendo socorro. Vanos fueron los golpes en la espalda, inútiles los intentos por zangolotear su elefantioso cuerpo. Con los ojos como platos, el hombre tembló y se sacudió hasta caer seco al piso. Pablo aún no podía superarlo. Sí José, que desde ese día se puso al hombro la vulnerabilidad emocional de la familia. Atosigada por el recuerdo, la mujer se dirigió al salón de planta baja, donde la tv repetía, una y otra vez, la noticia sobre la luminosidad aparecida en el cielo hacía ya dos días. Ahora, cada tanto, aviones militares cruzaban con estruendo el enigmático cielo.
- ¡Dios mío! ¿Qué será eso? - exclamó, mientras una potente voz en la tv anunciaba que la luminosidad se había puesto en movimiento. Temblando, la mujer salió de la casa y corrió hacia donde estaban sus hijos. La tarde otoñal, fresca y premonitoria, extendía sobre el paisaje tonalidades rojas que se alargaban y encogían al capricho de las nubes movedizas. Al acercarse a los muchachos los notó extraños. Ambos estaban inmóviles, con la mirada fija en la luminiscencia que ahora ocupaba gran parte del cielo, mientras una incipiente pleamar de aire frío revolvía sus cabellos. En el pozo recién cavado ahora había un poste de palmera, rezago de que la casa había sido levantada a pecho descubierto.
-¿Qué es todo esto?- balbuceó la mujer.
-El inicio de los cambios que nos han sido ordenados- exclamó José sin dejar de mirar la luz.
-¿Qué inicios? ¿Qué cambios? ¿Quién se los ha ordenado? - preguntó la mujer señalando con mano temblorosa el poste.
Sin hablar, los muchachos señalaron hacia la luminiscencia. Luego avanzaron dando pasos de sonámbulos hacia la mujer que, estremecida, corrió a refugiarse en la casa, mientras un extraño murmullo se expandía por todos lados hasta convertirse en un colosal y apocalíptico batifondo de explosiones, alaridos de adultos y ruidos de toda índole. Al entrar a la casa ganó con rapidez la planta alta y trabó la puerta. Entonces se acercó a la ventana para observar con horror cómo los adultos de las casas vecinas eran perseguidos, golpeados y apuñalados por sus hijos, mientras la luminiscencia irradiaba colores desconocidos e inciertos. La patada en la puerta la sorprendió. Paralizada vio cómo sus hijos la tomaban por los brazos y la conducían hacia el descampado. Quiso defenderse, pero dos sendos puñetazos en la boca del estómago la dejaron sin aliento. Al llegar, la amarraron al poste usando la cuerda del tendedero. Mientras la madre aullaba, los muchachos se dirigieron al galpón pegado a la casa, de donde regresaron trayendo un bidón con nafta.

Roberto Dario Salica
Roberto Darío Salica Escritor de Córdoba, Argentina. A la fecha, ha publicado cinco libros, uno de cuentos para niños, poemas, relatos de la infancia y de relatos fantásticos.
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