Uno, dos empujones. El cuerpo cayó y un golpe seco fue lo único que se escuchó. Agarré la pala y comencé a tapar el hoyo con tierra como ya había hecho muchas veces antes, solo que esta vez no era como las otras...
Cómo explicarlo... Para empezar, yo trabajaba en un cementerio. Me ocupaba de la parte más "sucia" por así decirlo: enterrar los cadaveres. Ya se, no es el trabajo más lindo ni fácil, pero a mí siempre me interesó, no se por qué, tal vez era la posibilidad de ver cómo la luz abandonaba los ojos o la sensación de que estaba ayudando a esas personas, otorgándoles un lecho en el que iban a descansar en paz por el resto de los tiempos.
Eso si, quien nunca va a descansar en paz soy yo: asesine a mi hermana.
Si, lo hice.
Pero lo peor de todo es que ni siquiera me sentía mal por haberlo hecho. Simplemente ocurrió, ella se lo buscó; y ahora me encontraba arrodillado en el barro, enterrándola como si fuera un día normal de trabajo. Y por si me ves como un monstruo, deberías saber que siempre nos odiamos. "Parece una competencia para ver cual va a matar al otro primero", solía bromear mi tío, aunque tenía toda la razón, porque si lo era (una competencia). Y había ganado yo...
Había.
Empezó a llover torrencialmente pero eso no me apuró, es más, me gustó: quién diría que la perfecta Diana iba a terminar así? Bajo la tierra mojada y húmeda, con sus ropas y cabellos sucios y arrugados? Era simplemente una vista INCREÍBLE que solo yo iba a admirar...
Ya faltaba poco, lo único que no había tapado eran sus ojos, esas vacías esferas verdes que tantas veces me habían observado con burla y odio. Ahora era yo el que reía y-
Perdón, me fui por las ramas. Continuemos.
Cuando por fin la enterré por completo, me levanté del suelo y revoleé la pala hacia un costado, incliné mi cuerpo levemente hacia la tierra que cubría a mi dulce hermanita y estiré la mano, dejando la marca de mi palma en el barro mojado, como recordándole que eran mis manos las que le habían quitado la vida. Me incorporé, sonreí y me fui.
Sinceramente esperaba sentir al menos un poco de satisfacción en mi ser, al fin y al cabo me había deshecho de ella y no solo eso, sino que ADEMÁS le había otorgado su lecho de "descanso en paz". Pero no. Una extraña inseguridad me llenó, similar al miedo.
Mi corazón se detuvo cuando, al cruzar la calle, la vi en frente mío. Era Di, sus ojos verdes penetrándome de nuevo con esa burla familiar, ya verás por qué...
De repente, un bocinazo me rompió el tímpano y todo se oscureció cuando choqué contra la pared de una casa vieja y esta se derrumbó arriba mío. Me enterró, pero sin lecho cómodo ni paz. Diana me había enterrado... la muy perra se había vengado.
Y ahora estamos acá, y yo te estoy contando la historia como hago todos los días con quienes se atreven a pasar por esta vereda.
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