Cuando finalmente, después del decaimiento profundo, apoyas la longitud de tu cuerpo sobre el ajeno y reafirmas que el sinsentido es refugio. Tal vez como los estratos de la tierra, así como el empuje de los pies que marcan el trayecto de huellas sobre la arena, las formaciones de las yemas sobre barro, y los pedacitos de concha desperdigados por todos lados. Todo aquel: los años, los incontables despertares: los sueños que vemos distantes, esas noches de insomnio que pican eternas. Las peleas que terminan en la colisión de dos bocas empecinadas, esas mañanas normales y el trepidar de las conversaciones que a veces acaban en nada. El breve e inconsciente silencio que sabe familiar. Como animales pastando, como ese músculo bombeante acompasado.
Y en eso, como el movimiento del agua mientras te das un clavado, en las ondas que envuelven la figura. En el hielo estancado en el fondo del refresco y como si viajara en las hojas caídas en picada como fuego. En toda la mezcolanza detrás de los minerales que unen el sedimento a las rocas, que te atan, que te arrastran.
Cómo no ceder ante el peso, con cada estocada, cada escama sobre el hueso hendida sobre el lecho. ¿Cómo soportar cuando el peso se ha ido? Como si aquel que amas te enrollara el cuello con latón y presionara. No se puede sostener solo el amor.
Ese bálsamo, que también es sello. Que nos une fuerte como la piel al temblor que le da forma, como el pellejo tierno que apenas cubre el músculo. Cuando lo despojas, agarrando el borde de la piel cortada, tirando aparte de las membranas brillantes, el cuerpo está caliente y flácido. Y si tú pudieras, te subirías dentro de esa piel mojada y resbaladiza, te lo llevarías todo a cuestas, porque lo necesitas.
No es prudente ni recatado. Nunca es blanco y de encaje como una boda. No se contempla la brillante efervescencia del champán derramándose sobre la garganta de la botella. En esta clase de unión visceral, se va más allá del encanto y el deleite. Es la carne descascarada de la convergencia, como los pétalos arrancados en pro de una promesa de amor que se arrebata de los labios de una dama. Es ese llanto ronco y vertiginoso, es esa hambre obstinada.
Canción: Nina Simone - Wild is the wind.
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