Mis ojos comienzan a sentir esa pesadez de nuevo, aquella que me acompañaba cada día desde el despertar hasta que lograba dormir por el dos mil dieciséis. Terribles los veinte y uno, la edad que me parecía enterrar las cuchillas del crecimiento mental en la yugular sin remiordimiento alguno. Y es que si yo pudiera verme por medio de otros ojos, no creo que podría entenderme ni a mi misma en aspectos profesionales del por qué en esta vida, nunca he logrado sentirme satisfecha.
Rogarle a Dios no es opción, porque cuando más lo necesite, decidió no escucharme. La traición más grande de mi infancia: comenzó ese día que mi padre me avisaba que "Dios todo lo escucha y todo lo cumple."
No lo hizo, y no lo haría nunca.
Dudo mucho, que si yo acostada, moribunda, suplicando entre bocanadas graves de aire él quisiese tomarse dos segundos para quitarme la pena de encima. ¿Y qué beneficio le brindaría a él quitarme la tristeza? O si fuese diferente, ¿qué beneficio le brindaría darme un poco de felicidad? Pero mi dilema es ese, haberle creído al pobre señor de fe fuerte que me dio la vida, haberle creído tanto que ahora no tengo ni a un santo a quien rogarle por un momento de paz mental.
Qué será de mi sino siento tanto, o qué será de mi el día que no logre a conectar entre este dolor y mi corazón. Me aterra llegar a ese día donde mi anhedonia sea mi ser amado, mi media naranja, y aún así, no saberlo por la pena de no lograr sentir más al confiar en un ente que no me escucha.

corazón atómico
mis sentimientos son tan fuertes para el pobre cuerpo que vive con el dolor de vivir.
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