...
En una iglesia.
-Mira, Elvira, conozco a este San Antonio.
-¿A este San Antonio?
-Bueno, sí; ya sabes; mi trabajo.
-Ah, lo compraron en tu tienda.
-Sí. Pero no es solo eso. Llevaba allí mucho tiempo. La verdad es que creí que mi jefe no lo vendería. Era, para mí, y creía que para él también, una especie de patrón del negocio.
-Bueno, allí no creo que falten devociones.
-Pues, más bien al contrario.
-¿Qué quieres decir?
-Alli, las tallas, las esculturas, las imágenes, son solo género, un producto que vender.
-Es lógico. Supongo. Os dedicáis a eso.
-Sí, pero ¿No te parece extraño?
-Creo que no te entiendo.
-Bueno, este San Antonio, por ejemplo; fue visto por mucha, mucha gente. De hecho San Antonio es de las imágenes que más se venden. Fueron muchos los San Antonio que pasaron por la tienda antes de que alguien decidiera llevarse este.
-Tiene un gesto un poco raro, la verdad.
-Supongo que fue por eso, sí. Pero, a lo que voy: Esta figura, aquí, es reverenciada, devocionada; se le reza, se le piden gracias y favores. Es sagrada. Sin embargo, durante años solo fue una opción entre otras. No era nada.
-Comprendo.
-Hay una especie de... En realidad no sé lo que es. Quiero decir que, lo que sucede con esto, o está mal en la tienda o está mal en los templos..
-¿Quizás las imágenes solo funcionen cuando son bendecidas por un clérigo?
-¿Funcionen?
-Sí, lo sé. Solo se me ha ocurrido esa palabra. Lo siento.
-En realidad, quizás tengas razón. Al fin y al cabo, todo nace de algo profano: madera, yeso, plata, piedra, hilo de oro. Y de las manos pecadoras de alguien. Darle santidad es una elección que se hace en algún momento. No tiene nada que ver con Dios.
-Amparo. Aquí, la no creyente soy yo.
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