SE TIENE QUE CORTAR EL PELO
May 12, 2026

Cortarse el pelo
Notas de un minarquista sobre lo que Milei no debe cambiar y lo poco que sí
Ignacio Uriel Galetto Rodríguez · Betanzos, A Coruña, España · 12 de mayo de 2026
I. La imagen del espejo
Hay una imagen que circula desde hace algunos días y que conviene retener antes de empezar a escribir. Un hombre de traje oscuro, de espaldas, prolijo, peinado, se mira en un gran espejo de marco dorado. Pero el reflejo no le devuelve la cara que tiene. En el espejo aparece otro: el de la melena despeinada, el de las patillas, el de la mirada que enojó a media Argentina y que la otra mitad votó dos veces. El epígrafe es brutal en su simpleza: si no se corta el pelo, pierde las elecciones.
La provocación funciona porque toca el nervio exacto del momento político. Milei llegó a octubre de 2025 con una victoria que dejó atónita a la oposición y a buena parte del oficialismo. La Libertad Avanza pasó de tener treinta y siete diputados a tener ciento uno; en el Senado sumó catorce bancas para llegar a veinte. Por primera vez desde que asumió, el Gobierno tuvo en sus manos el número que necesitaba para sostener sus vetos y blindar al Presidente de cualquier intento de juicio político. Era, en términos parlamentarios, una victoria estructural. Era también, en términos políticos, una validación: la gente había votado el ajuste, había votado la motosierra, había votado al hombre del pelo despeinado.
Seis meses después, ese mismo hombre cayó al séptimo lugar en un ranking nacional de imagen positiva entre dieciséis dirigentes, las cuatro universidades nacionales más importantes del país marchan hoy, doce de mayo, hacia la Plaza de Mayo por cuarta vez en su gestión, y la industria textil acumuló más de setecientas empresas cerradas y veinte mil puestos de trabajo perdidos en dos años y medio. La inflación, que en abril de 2024 había llegado a un pico anual del 289 por ciento, está en torno al 32 por ciento. Hay menos pobres que hace dos años. Hay equilibrio fiscal. Y, sin embargo, el espejo le devuelve a Milei una pregunta incómoda: ¿qué hay que cambiar para no perder lo conseguido?
La tesis de este ensayo es simple. No hay que cortarse el pelo. Pero hay tres cosas que conviene revisar con cuidado, no porque toquen la columna vertebral del proyecto, sino porque la protegen.
II. Lo que no se discute
Conviene empezar por lo que no se va a tocar, porque ahí está la mitad del argumento.
Milei no va a aflojar con el equilibrio fiscal y no debe hacerlo. No va a abandonar el ancla del superávit primario. No va a reabrir el grifo del gasto público para comprar paz social. No va a renegociar a la baja el rumbo de la dolarización mental que viene imponiendo a través de la apertura del cepo y la competencia de monedas. No va a hacer concesiones simbólicas a una casta política que él mismo definió como enemigo estructural del progreso argentino. Y, sobre todo, no va a hacer lo que cada gobierno argentino reformista terminó haciendo en su tercer año: ablandarse, pactar, modular, suavizar. Eso es exactamente lo que la mitad del electorado le pide que no haga.
Esto es importante decirlo de entrada porque el principal peligro de cualquier consejo estratégico es confundirlo con un pedido de moderación ideológica. No. La moderación ideológica es, justamente, la trampa. Si Milei abandona el corazón austríaco del proyecto, deja de ser Milei y se transforma en un Macri segundo: alguien que llegó con un mensaje fuerte y que se diluyó tratando de ser tolerable para sectores que nunca lo iban a votar. El propio Presidente lo dice con una franqueza que muchos consideran imprudente y que en realidad es su mayor activo político: si no me votan, doy la vuelta y me voy al campo con mis perros. Esa frase, repetida tantas veces, es la única garantía estructural de que el ajuste no se va a negociar.
Quien lo escuchaba en las largas charlas de Neura con Fantino, cuando todavía nadie creía que un economista mediático podía ser presidente, sabe que esto no es marketing. Es convicción. Y la convicción, en política argentina, es un bien escaso. Hay que cuidarla.
El minarquismo, como marco filosófico, exige precisamente esto: no transar con las funciones esenciales del Estado pero tampoco transar con su reducción. El Milei económico es el Milei que el minarquista quiere ver. El problema no está ahí. El problema está en cómo ese proyecto, que ya está produciendo ganadores estructurales, está administrando a sus perdedores estructurales, y en cómo ese desequilibrio se filtra en dos frentes más —la universidad y el tono comunicacional— donde el costo político es mucho mayor que el beneficio ideológico.
III. Ganadores y perdedores: cazar en el zoológico
Todo cambio económico profundo produce ganadores y perdedores. Esto no es una crítica al proyecto de Milei: es la condición misma de cualquier reforma estructural seria. La frase la dice él mismo cada vez que puede, y vale la pena tomársela en serio: en la Argentina del cepo, del cierre y de la protección indiscriminada, había sectores que vivían cazando en un zoológico. No competían con nadie. Tenían su mercado garantizado por aranceles, prohibiciones, cuotas y un consumidor cautivo que pagaba el precio que la industria local decidiera. El zoológico se cerró. Y los que cazaban ahí se quedaron sin escopeta.
Conviene mirar los dos lados del cuadro con honestidad, porque ahí está la mitad del debate político que se viene.
Del lado de los ganadores, las cifras son contundentes y vale la pena nombrarlas. Vaca Muerta es el caso más espectacular: el setenta por ciento del petróleo argentino ya proviene de la formación neuquina, contra un cinco por ciento que provenía de ahí en 2015. En enero de 2026, Neuquén marcó un récord histórico de seiscientos diez mil barriles diarios, con un crecimiento interanual del treinta y dos por ciento. La Bolsa de Comercio de Rosario proyecta para este año una producción de cincuenta y cuatro millones de metros cúbicos de crudo, la mayor en la historia del país, un dieciséis por ciento por encima de 2025 y un once por ciento por encima del pico anterior de 1998. La secretaria de Energía habla del millón de barriles diarios para fin de año. YPF, la petrolera estatal que tantos quisieron desguazar, presentó el mejor primer trimestre de su historia: ganancias operativas por mil quinientos noventa y cuatro millones de dólares, con producción shale récord de doscientos cinco mil barriles diarios. Vista, la compañía privada de Galuccio, anunció inversiones por cinco mil seiscientos millones de dólares entre 2026 y 2028, adelantó sus metas de producción y ya es el mayor exportador de crudo del país.
Pero el cuadro no termina ahí. El litio del NOA, el RIGI activo prorrogado hasta julio de 2027, las fábricas automotrices que están empezando a construirse, los acuerdos con tecnológicas que llegan por primera vez en décadas, la minería de cobre que se reactiva. Todo eso es nuevo. Todo eso son empleos que no existían hace tres años. Todo eso es Argentina entrando, después de mucho tiempo, en un ciclo productivo que no depende de la soja ni del Estado.
Del lado de los perdedores, también las cifras son contundentes, y conviene mirarlas con la misma honestidad. La industria textil cerró más de setecientas empresas entre diciembre de 2023 y mayo de 2026. En febrero de este año la producción cayó un treinta y tres por ciento interanual. Siete de cada diez máquinas textiles están detenidas. El sector perdió más de veinte mil puestos de trabajo formales, la caída más fuerte de empleo registrado de toda la economía argentina. Hace pocos días, Textil Amesud —la empresa que el coreano Yeal Kim levantó desde una sola máquina en el Bajo Flores en 1976 hasta convertirla en una de las mayores tejedurías del país, con cuatrocientos setenta empleados— pidió concurso preventivo después de operar al treinta por ciento de su capacidad. Antes había cerrado Emilio Alal, con cien años de historia. Antes Eseka, Luxo, Vulcalar. Las importaciones de ropa crecieron un ciento ochenta y cinco por ciento en cantidades durante 2025, y siguen creciendo en 2026. Shein y Temu venden directo desde el celular a precios que la industria local no puede igualar.
¿Qué pasó? Pasó lo que tenía que pasar. Pasó lo que el liberalismo dice que tiene que pasar. Una remera que en Argentina valía treinta dólares y que en cualquier país competitivo del mundo vale quince, no podía seguir valiendo treinta. Cuando se abrió la importación, el precio se ajustó. El consumidor argentino, que durante décadas pagó el doble por la misma prenda para sostener a una industria que no era competitiva, dejó de pagar ese sobreprecio. La ropa, en términos reales, hoy es un treinta por ciento más barata que hace dos años.
Y acá viene la parte difícil del análisis. Para el minarquista, esto es bueno. Es estrictamente bueno. La protección arancelaria no es otra cosa que un impuesto invisible que pagan los más pobres para subsidiar el empleo de un sector específico. Cuando una familia humilde compra una remera cara, está transfiriendo recursos a otra familia, generalmente mejor posicionada, que trabaja en la industria textil. Eso no es justicia social: es regresividad pura disfrazada de patriotismo industrial. Que la ropa valga lo que vale en el mundo es una redistribución concreta a favor de los que menos tienen. Es lo correcto.
Pero la corrección económica no resuelve el problema político. Y el problema político es real. Veinte mil personas perdieron su trabajo formal en el sector textil. Setecientas familias empresariales —muchas pymes, muchos talleres de barrio— bajaron la persiana. Los corredores comerciales de Avellaneda, Once, La Plata tienen locales vacíos que no se reactivan. Esa gente votó. Esa gente vota. Y, a diferencia del minarquista que celebra la ropa más barata desde la abstracción intelectual, esa gente vive el ajuste en carne propia.
La frase de Milei sobre el zoológico es teóricamente correcta y políticamente peligrosa. Lo es porque convierte un proceso económico inevitable —la reasignación de recursos hacia sectores competitivos— en una declaración de guerra contra los que están en el lado perdedor. La gente que trabajaba en la industria textil no es un cazador depredador del que conviene reírse. Es un trabajador, generalmente de bajos ingresos, que aprendió un oficio en un esquema que el propio Estado argentino le ofreció durante setenta años. Cambiar el esquema es legítimo. Burlarse del que queda afuera es, además de cruel, contraproducente. Cuando Caputo dijo en una entrevista que él nunca compró ropa en Argentina porque era un robo y que los que viajan compran afuera, le regaló al peronismo un clip de campaña que va a durar dos años. Ese tipo de declaraciones no defienden el modelo: lo desfondan.
Y acá aparece el ajuste, otra vez no ideológico sino comunicacional y de gestión. El Gobierno necesita encontrar la manera de mostrar dos cosas al mismo tiempo: que Vaca Muerta es el futuro y que el textil no es un enemigo. Que el millón de barriles diarios convive con los veinte mil empleos perdidos y que ambos son parte del mismo proceso. Que se puede ser libertario en lo macro y compasivo en lo micro. No es contradictorio: es lo que hace cualquier reforma que dura.
Conviene además ser muy preciso en esto: la respuesta no es subsidiar al textil. La respuesta es facilitar la reconversión. Reducción de la carga impositiva sobre la producción nacional —que hoy, según la Cámara Textil, llega al cuarenta y dos por ciento sobre las ventas— mucho más rápido de lo que se está reduciendo. Facilidades para que las pymes que sobreviven puedan reorientarse a nichos donde sí son competitivas, como la moda local, los productos premium, los diseños de autor. Programas de capacitación financiados privadamente con incentivos fiscales, no con plata del Tesoro. Política activa, sí, pero del lado de la oferta y no de la demanda. Bajarle impuestos al que produce, no subsidiar al que ya no puede producir. Eso es liberal sin ser frío.
Y, sobre todo, cambio de lenguaje. No hay que defender el zoológico. Pero tampoco hace falta humillar al cazador que se quedó sin presa. Hay una diferencia entre defender la apertura económica y celebrar el sufrimiento del que pierde. Esa diferencia no es ideológica. Es civilizatoria.
IV. La universidad pública
Hoy, mientras escribo, la Federación Universitaria Argentina, el Consejo Interuniversitario Nacional y el Frente Sindical de las Universidades Nacionales marchan hacia Plaza de Mayo en la cuarta movilización nacional desde que comenzó esta gestión. Los reclamos no son nuevos: cumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario sancionada en 2025, recomposición salarial docente y no docente, restitución de partidas para becas, infraestructura y los hospitales universitarios. Las transferencias a las universidades nacionales registran una caída real acumulada del cuarenta y cinco coma seis por ciento entre 2023 y 2026. Los rectores hablan de paritarias congeladas, edificios a medio terminar, pacientes oncológicos sin tratamiento garantizado en hospitales que dependen de la UBA, una fuga de docentes que en la Facultad de Ciencias Exactas ya supera las cuatrocientas treinta y ocho renuncias. La CGT y el Frente de Sindicatos Unidos se sumaron por primera vez con peso propio. La marcha de hoy va a ser grande.
Para un minarquista observador, este frente es de los más complejos de analizar, porque obliga a separar dos cosas que el debate público confunde sistemáticamente: el principio y la implementación.
En el principio, no hay mucho que discutir. Una universidad pública gratuita, sin examen de ingreso, con duración promedio de carreras que duplica los plazos teóricos, financiada por contribuyentes que en su mayoría nunca pisaron una facultad, es una distorsión asignativa importante. El sistema universitario argentino necesita una reforma profunda: arancelamiento para quienes pueden pagar, becas amplias y bien orientadas para quienes no, evaluación de productividad académica, criterios de mérito y permanencia. Eso es una conversación legítima y, en mi opinión, necesaria.
Pero esa no es la conversación que está sobre la mesa hoy. La conversación de hoy no es si la UBA debe arancelar a los hijos de profesionales que ganan en dólares. La conversación de hoy es si el Poder Ejecutivo puede seguir incumpliendo una ley sancionada por el Congreso con mayoría agravada de dos tercios, ratificada en dos instancias judiciales, mientras hospitales universitarios dejan de hacer cirugías. Esas son dos discusiones distintas. La primera es una discusión política legítima. La segunda es una discusión institucional, y en esa segunda, el minarquista no puede estar del lado del incumplimiento.
El principio rector de cualquier república liberal es que el Estado debe ser pequeño pero respetar absolutamente las reglas dentro de las cuales actúa. Un gobierno que incumple leyes vigentes, que desobedece fallos judiciales, que promulga una ley para no aplicarla, está erosionando el mismo capital institucional que un proyecto liberal necesita para consolidarse. La motosierra no es un instrumento jurídico. Es un instrumento presupuestario. Cuando se usa para esquivar el imperio de la ley, deja de ser libertaria y empieza a parecerse mucho a lo que el kirchnerismo hizo con la Justicia entre 2003 y 2015. Y eso es un problema, porque mañana lo que se incumpla puede ser otra cosa.
El ajuste pequeño que aquí se sugiere no es ideológico: es técnico-político. Cumplir la ley. Sentarse con los rectores. Negociar el cronograma de recomposición salarial en cuotas. Auditar el gasto universitario de manera exhaustiva, hacer pública cada partida, mostrar dónde están las ineficiencias, denunciar las cátedras paralelas y los nombramientos políticos. Y, en paralelo, presentar un proyecto serio de reforma estructural del sistema universitario para discutirlo en el segundo mandato. La pelea por la reforma queda para después. La pelea por el cumplimiento institucional, no.
Hay un beneficio adicional, además, y conviene decirlo sin hipocresía. La universidad pública, en Argentina, no es solamente un sistema educativo: es una matriz simbólica que toca a millones de familias de clase media y media baja, a hijos primera generación, a votantes que ya no son kirchneristas pero todavía no son libertarios. Mantener este frente abierto a fuego durante dos años es regalarle al peronismo la única bandera que le permite movilizar fuera de su núcleo duro. Y, además, conecta directamente con lo que decíamos en el apartado anterior: muchos de los hijos de los trabajadores textiles desempleados, de los pequeños empresarios de Once que cerraron, son estudiantes universitarios. Pelear los dos frentes al mismo tiempo es regalarle al adversario una coalición social de la que se puede prescindir.
V. El tono
Si el frente universitario es el más doloroso, el comunicacional es el más simple. Y, paradójicamente, el más difícil de modificar.
Desde que asumió, según el Foro de Periodismo Argentino, Milei produjo más de dieciséis mil publicaciones en redes con expresiones despectivas contra periodistas. El análisis de Chequeado contabiliza más de mil insultos directos en catorce meses. Las palabras se repiten: ensobrado, mandril, delincuente, basura inmunda, basura repugnante, asociación ilícita. En abril cerró la sala de prensa de la Casa Rosada, retiró las acreditaciones a más de sesenta periodistas y enfrentó una ola de críticas que llegó hasta Human Rights Watch. En cuatro días del fin de semana de Pascua publicó ochenta y seis tuits contra la prensa y reposteó otros ochocientos setenta y cuatro. La Casa Rosada terminó reabriendo la sala de prensa por la presión, no por convicción.
El argumento mileísta, expuesto con bastante claridad por el propio Presidente, es que el periodismo argentino está mayoritariamente capturado, que noventa y cinco de cada cien periodistas son ensobrados o militantes opositores disfrazados, y que la respuesta correcta a la cobertura hostil no es la tolerancia republicana sino la confrontación abierta. Tiene una parte de razón. La pauta oficial fue, durante décadas, un mecanismo de disciplinamiento; muchos medios construyeron narrativas progresistas mientras facturaban del Estado nacional, provincial y municipal; el periodismo argentino tiene un déficit histórico de autocrítica enorme.
Pero la pregunta no es si Milei tiene razón. La pregunta es si la estrategia funciona.
Y acá hay un dato curioso que vale la pena mirar. Los mismos votantes que respaldaron a Milei en octubre de 2025 son, en general, los que están más fatigados de la confrontación permanente. El núcleo duro libertario, que es el que se entusiasma con cada NO$ALP, son alrededor de tres millones de personas. Para ganar una reelección hacen falta entre catorce y dieciséis millones de votos. Esos votos adicionales no vienen del núcleo duro. Vienen de un electorado moderado, profesional, mayormente urbano, que comparte el diagnóstico económico pero se incomoda con el espectáculo. Cada vez que el Presidente llama "basura repugnante" a una periodista de TN está expulsando, marginalmente, un voto que ya tenía y que no necesitaba perder.
El ajuste, otra vez, no es ideológico. Nadie le pide a Milei que abandone la crítica al periodismo militante. Ni que se calle. Ni que dé conferencias de prensa diarias. Lo que la observación sugiere es algo mucho más modesto: bajar el volumen de los insultos personales, separar la crítica estructural al sistema mediático (que tiene fundamentos sólidos) del ataque ad hominem a profesionales individuales (que tiene fundamentos discutibles y costos electorales altos), y delegar la confrontación cotidiana en voceros y operadores digitales. Que pegue el jefe de Gabinete, que peguen los influencers libertarios, que pegue Caputo cuando hace falta. Que el Presidente intervenga estratégicamente, no compulsivamente.
Hay una palabra para esto que el propio Milei probablemente rechazaría, pero que vale la pena nombrar: presidencialidad. No moderación, no tibieza, no claudicación. Presidencialidad. El Milei de Neura era un divulgador y un candidato; podía decir cualquier cosa porque no tenía nada que perder. El Milei de mayo de 2026 es el jefe de Estado de la séptima economía de América Latina. Lo que dice en cada tuit modifica el riesgo país. Cada insulto presidencial es, además de una expresión política, una externalidad económica. El cálculo cambia.
Esto, además, no afecta nada del proyecto. La motosierra sigue. El equilibrio fiscal sigue. La apertura comercial sigue. La crítica intelectual al keynesianismo sigue. Lo único que se ahorra el Presidente es el desgaste de pelearse personalmente con periodistas que él mismo dice que no tienen ninguna influencia.
VI. La oposición y por qué hay tiempo
Quien observa el panorama opositor en mayo de 2026 ve algo que pocas veces se vio en política argentina: una oposición que crece en encuestas porque la gestión de Milei se desgasta, no porque la oposición ofrezca algo. Axel Kicillof aparece segundo en casi todos los rankings de imagen, con cerca del cuarenta y uno por ciento de positiva y un diferencial negativo de menos cuarenta y nueve puntos. Cristina Fernández aparece tercera, con imagen positiva en torno al treinta y ocho por ciento y diferencial negativo de menos cincuenta y tres. Sergio Massa apenas se sostiene. Patricia Bullrich, dentro del propio espacio libertario, supera al Presidente por un punto en algunos relevamientos.
Esto significa dos cosas. La primera, que el oficialismo no enfrenta una opción opositora consolidada. La segunda, que esa ventaja no es eterna. El peronismo bonaerense, con Kicillof como cabeza visible y Cristina como referencia simbólica, está reordenándose. La izquierda dura, con figuras como Myriam Bregman que aparece sorpresivamente con diferencial positivo en varias encuestas, capitaliza el descontento universitario, textil y sindical. Y siempre queda la posibilidad, históricamente argentina, de un outsider de centro que aparezca en 2027 con un discurso de orden post-libertario. El sistema político argentino tiene una capacidad demostrada para producir esas figuras.
La conclusión operativa es clara: hay tiempo, pero no infinito. El año 2026 es el año de los ajustes finos. El año 2027 es el año de la campaña. Lo que no se corrija en estos doce meses se va a pagar caro en los doce siguientes.
VII. Final: el pelo no es el problema
Vuelvo a la imagen del espejo con la que arrancamos.
El epígrafe de la foto es ingenioso pero falso. Milei no necesita cortarse el pelo. El pelo no es el problema. El pelo, en realidad, es la marca, la identidad visual, el símbolo de una posición ideológica que la mitad del país validó dos veces consecutivas. Cortarse el pelo, en sentido figurado, sería abandonar lo que lo hizo ganar. Sería traicionar al votante que apostó a la motosierra. Sería convertirse en una versión más prolija y más derrotada de sí mismo.
Lo que sí necesita Milei es algo distinto y más sutil. No cambiar lo que es, sino administrar mejor lo que ya tiene. Reconocer públicamente que el cambio económico tiene ganadores y perdedores, y tratar a los perdedores con respeto en vez de con burla. Cumplir las leyes que el propio Congreso oficialista aprobó. Bajar el volumen donde el volumen no suma. Son tres cosas. No son ideológicas. No tocan ninguna convicción. No requieren transar con la casta. Pero protegen, ahí donde el flanco es más débil, lo único que importa: la continuidad del proceso.
Porque la verdad es que no estamos en un año cualquiera. Argentina está intentando, por primera vez en cuarenta años, salir del laberinto del gradualismo. Y los procesos así son raros y son frágiles. Si Milei pierde en 2027, no hay segunda vuelta para esta idea: lo que venga después va a ser una restauración, y la restauración va a tener un costo que ya conocemos. Si gana, en cambio, lo que hoy parece un experimento se va a convertir en una matriz: dos décadas de proyecto liberal con respaldo electoral, lo que ningún país de la región logró desde el Chile post-Pinochet.
Los extremos suelen ser malos, dije al principio. Y es cierto. Pero no porque haya que abandonarlos: porque hay que administrarlos. Un extremista que gobierna es un extremista que tiene la responsabilidad de durar. Y para durar, a veces, hay que dejar de pelearse con la propia gente. No siempre. No en todo. Pero a veces.
El pelo, decía, se queda. Solo hay que peinarlo un poco mejor.
Ignacio Uriel Galetto Rodríguez
Betanzos, A Coruña, España — 12 de mayo de 2026
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Ignacio Uriel Galetto Rodriguez
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