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Se nos muere nuestro país en las manos

aylu

Abr 15, 2026

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Se nos muere nuestro país en las manos
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Hay algo en el aire que no se puede explicar del todo, pero se siente. No hace falta leer un gráfico ni ver estadísticas: alcanza con salir a la calle, intentar subirte a un bondi, hablar con cualquier persona. Está ahí. Es un peso. Una densidad. Como si el país entero respirara más lento, más cansado.

Las filas interminables para viajar ya son parte del paisaje. Gente esperando de noche, apretada, resignada, sabiendo que va a viajar mal, que va a llegar tarde, que cada día tiene que salir más temprano para sostener lo mismo de siempre. Y mientras tanto, todo aumenta, todo se encarece, todo se vuelve más inaccesible. El transporte, la comida, la vida misma.

Pero no es solo eso. Lo material es apenas la superficie de algo más profundo. Porque lo que verdaderamente duele es lo que empieza a pasar por dentro. Escuchar a jubilados que no llegan, ver a personas con discapacidad sin acceso a lo básico, sentir que cada vez hay más cosas que quedan fuera de alcance. Tener que elegir qué pagar y qué dejar de lado. Empezar a naturalizar lo que antes te indignaba.

Ahí es donde empieza a aparecer algo más difícil de nombrar. Algo que no es solo crisis, ni solo mala gestión, ni solo un momento económico complicado. Es una sensación más oscura. Más profunda. Como si hubiera una fuerza que no solo afecta lo que tenemos, sino lo que somos.

Porque esto no es solo que falte plata. No es solo que el transporte funcione peor o que la comida alcance menos. Es que se está erosionando el vínculo con todo lo que nos rodea. Con el país, con los otros, con la idea misma de futuro.

Empieza a instalarse una lógica silenciosa: nada vale la pena.

Cuando una sociedad empieza a sentir que nada vale la pena, deja de proyectar, deja de creer, deja de construir. Se repliega. Sobrevive. Aguanta. Pero ya no vive de la misma manera.

Hay algo de esto que no es casual. Que no es solo que las cosas salen mal, sino que hay un proceso que empuja a que todo se deteriore.

Gobiernan un país que no quieren. Quieren vaciarlo de sentido. El objetivo no es  solamente ajustar números, sino quebrar algo más profundo: el lazo que une a la gente con su propio lugar.

Porque cuando todo se vuelve difícil, cuando todo se degrada, cuando cada experiencia cotidiana está atravesada por la frustración, pasa algo casi inevitable: empezamos a odiar lo que antes amábamos. El país, la gente, la vida diaria. Empezamos a ver todo como un problema, como una carga, como algo de lo que quisiéramos escapar.

Y ahí es donde esa sensación toma forma. Entra en juego eso que yo llamo “el mal”.

No como algo místico, sino como un proceso real que se infiltra en lo cotidiano. Que crece en el desgaste, en la angustia, en la tristeza acumulada. Que se alimenta de la desesperanza. Que avanza cuando la gente está demasiado cansada como para reaccionar.

El mal como esa fuerza que desarma, que fragmenta, que enfría. Que hace que dejemos de confiar, de vincularnos, de sentir que hay algo en común. Que nos vuelve indiferentes o nos enfrenta entre nosotros, mientras todo alrededor se deteriora.

Porque una sociedad triste es una sociedad más fácil de quebrar.

Por eso también aparece otra sensación inquietante: que la gente no despierta. Pero no porque no quiera, sino porque está agotada. Porque el cansancio es tan grande que muchas veces lo único que queda es seguir, como se pueda, sin energía para cuestionar, para organizarse, para cambiar algo.

Y eso, de alguna manera, también forma parte de este mismo proceso.

No es solo lo que pasa. Es cómo nos atraviesa lo que pasa.

Es esa nube negra que no termina de irse. Ese clima gris que se mete en todo. Esa sensación de que cada día es un poco más difícil que el anterior. Esa idea de que lo que se rompió no va a volver, o que va a costar muchísimo reconstruirlo.

Yo no tengo dudas de que el bien, en algún momento, triunfa. Que todo eso que hoy parece avanzar sin freno, retrocede. Que incluso lo más oscuro tiene un límite.

Pero ahí aparece el verdadero problema, el más difícil.

¿Cómo hace el bien para reconstruir todo lo que se llevaron puesto?

¿Cómo se vuelve a levantar una sociedad que fue desgastada no solo en lo económico, sino en lo emocional?

Porque lo material, con tiempo, puede volver. Se puede reconstruir. Pero lo que pasa por dentro de la gente… eso lleva mucho más.

Esa es la reconstrucción más difícil.

aylu

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