un alma rota, una brisa fría en la nuca como si fuera una cachetada que nadie ve, pensamientos sangrantes que carcomen el cuerpo queriendo desequilibrarse, como si el cuerpo fuera apenas un lugar donde doler, manteniéndote en pie tan solo los pensamientos de las personas que conservan mi corazón, como si sus nombres fueran lo único que todavía me sostiene cuando todo lo demás cede.
las pesadillas de los ecos de esas mismas voces que te dicen que están para vos pero te repiten una y otra vez, no sos nada, no sos nadie, se mezclan, se deforman, se clavan, y terminan siendo más reales que cualquier intento de calma; esas mismas pesadillas te levantan en la madrugada queriendo preservar ese deseo más oscuro de irte, como si quedarse fuera una carga que ya no entra en el cuerpo.
de sentirte tan solo que todo parece falso, incluso el cariño, incluso las manos que alguna vez se sintieron refugio; la pregunta de si estás bien ya no se responde sola, y el silencio empieza a ocupar cada espacio como un idioma que nadie más entiende, querés permanecer en silencio deseando que del otro lado sepan, deseando que todo sane tan solo con una mirada, como si alguien pudiera ver más allá de esta superficie que simula estar intacta.
pero no pasa, y seguís permaneciendo en un estanque oscuro de pensamientos sin futuro en los que no podés avanzar, donde nada fluye, donde todo se estanca, donde el tiempo no cura sino que repite; pensamientos que derraman de tu mente de la forma tan espesa, anclándose al deseo de ya no permanecer, y ya no es tuyo el deseo, es una idea que aprendió a quedarse, que se acomoda en el pecho y respira con vos.
y aun así no te vas, no por vos, sino por el mismo instinto de los otros que te afecta al saber que los destruirías, al saber que no verán más ese brillo que les das, esas sonrisas que creen conocer, como si fueras responsable de sostener algo que ni siquiera podés ver en vos mismo; es imposible de creer que un brillo que los otros tanto admiran está en vos, imposible no sentirse solo estando rodeado de almas tan hermosas.
imposible no sentir vergüenza al tener que mirar a los ojos a las personas que algún día prometiste cuidar con tu vida, sabiendo que esas mismas miradas serán las que algún día prevalecerán en una profunda oscuridad, como una noche brillante y llena de deseos, con una brillosa luz prevaleciente de un cielo despejado, donde todos miran hacia arriba cuando hay algo que brilla.
pero hay otra parte, más silenciosa, más difícil de decir, que aparece cuando alguien intenta acercarse; no es alivio lo que nace, es una tensión rara, algo que se activa como si el peligro fuera precisamente que alguien se quede, como si dentro mío hubiera algo que no soporta lo que empieza a importar.
entonces sonrío, como si encajara, como si todo estuviera en su lugar, pero mis manos no saben sostener sin romper, o aprietan demasiado o sueltan antes de tiempo, no aprendí a quedarme sin empezar a destruir lo que me hace bien, ni a querer sin encontrar la forma exacta de arruinarlo.
y cuando alguien decide quedarse, cuando algo empieza a sentirse real, algo en mí se adelanta y lo desordena todo, digo lo que no era, callo cuando tendría que quedarme, me alejo incluso estando, como si hubiera una parte mía que empuja todo hacia el mismo final, una y otra vez, y lo veo pasar sin poder detenerlo, como si fuera yo y al mismo tiempo no.
después queda el silencio, más pesado, más definitivo, porque ya no hay ruido que disimule lo que fui dejando atrás, ni abrazo que alcance cuando soy yo el que se vacía antes de ser sostenido, y vuelvo al mismo lugar, al mismo estanque, a la misma noche.
nadie nota a la luna cuando está nublada, la notan cuando está llena, cuando está brillante o completamente despejada, pero no se preguntan cómo estará cuando se encuentra nublada, cuando sigue estando pero nadie la ve, cuando existe sin que nadie la nombre.
como si brillar fuera la única forma de merecer ser mirado,
y yo ni siquiera sé si alguna vez fui luz,
o solo la costumbre de otros de encontrar algo
donde ya no queda nada.
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