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Sangre, balas y perdón

gabo

Mar 15, 2026

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Sangre, balas y perdón
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Llovía torrencialmente sobre la ciudad, una lluvia espesa, fría como el alma de un asesino. Sin embargo, para él no era problema. Sus puños iban de un lado a otro, golpeando todo lo que se cruzaba en su camino. Volaban dientes, lentes, relojes, gorras... nada quedaba a salvo cuando él pasaba...Su mirada de fuego, como un dragón, y su respiración de búfalo estremecían todo a su alrededor. Obvio, no estaba solo; había como una docena de hombres que lo acompañaban.De repente, disparos al aire, gases lacrimógenos y corridas. A salvarse como sea. Su ropa y puños manchados con sangre ajena, vaya a saber de cuántos, su objetivo ahora era huir de la policía hasta estar a salvo.Era un matón, un joven sin piedad y sin remordimiento, no le temía a nada, a nadie ni a la muerte. Era un Saulo de Tarso de estos tiempos. Era un barrabrava.Llegaba a casa todo roto, cansado, agitado. Su mujer lo esperaba, lo atendía y curaba sus heridas. Las vendas cubrían sus nudillos y las pastillas analgésicas eran el cóctel de todas sus noches.Dormía como podía, esperando nuevamente el amanecer para seguir con esa vida brutal, quién sabe hasta cuándo.Javier, "el loco" para los amigos, si es que se pueden llamar así. Poco a poco en la hinchada fue ganando terreno, era respetado y tenía gente a su cargo. Comenzó a atender algunos negocios del club y su economía crecía.El poder lo cegaba, lo volvía poderoso y no se prohibía de nada. Era consciente del peligro que corría, pero no era consciente de que su familia sufría, que su mujer lloraba y clamaba a Dios por su vida.Su hijo no lo veía nunca, apenas tenía 10 años y solo escuchaba discutir a sus padres. Su casa era un infierno, tenía todo lo material, no le faltaba nada. Pero la ausencia de su padre le iba abriendo una herida en el corazón.Los placeres, el alcohol, las drogas estaban a la orden del día. Llamadas todo el tiempo. Viajes a estadios y peleas por doquier. Un mafioso que se hizo de un nombre en el barrio. Lo respetaban por miedo y su familia era intocable.De lo que nunca se percató Javier fue que había alguien más grande y poderoso que él. Que había alguien que lo miraba todo el tiempo.Alguien que se entristecía por su vida y que esperaba pacientemente su visita.Pasaron 5 años, la violencia era moneda corriente, los peligros, semanas en la cárcel, todo el pecado estaba tatuado en su piel y en su alma.Sus días eran pensar en cómo ganar plata, a quién estafar y a quién lastimar. Su negocio se expandía, como también se expandía su maldad. Fue tanta la avaricia por el poder que olvidó a los suyos olvidó su infancia, olvidó quién era.Una noche lluviosa de verano todo se salió de control, un mal negocio y un vuelto de plata que omitió entregar lo habían puesto en apuros.La balas de aquellos disparos que vinieron de un auto en movimiento le atravesaron las piernas, pero sabía que no podía detenerse. Corrió con todas sus fuerzas intentando esconderse en algún callejón oscuro. La sangre que perdía era mucha y comenzaba a marearse, ya las piernas no le respondían. En un acto de lucidez, tiró el arma que llevaba en un baldío y siguió corriendo.Minutos después, pudo escapar, pero sus piernas se doblaron y cayó arrodillado en el suelo. Era de noche, un domingo sin nada que contar. En la vereda, frente a una escalinata, se encontraba Javier, rendido, herido, sin rumbo, sin mañana, sin nadie y lejos de su familia. Su respiración comenzó a ser cada vez más lenta, la sangre estaba por todo su cuerpo,sus movimientos ya eran lentos y de aquel matón intocable solo quedaba un hombre hundido en su propio juego. Pero en ese estado de shock una luz le encandilaba el rostro. Como pudo levantó su cabeza e intentó mirar de dónde provenía ese resplandor, y fue entonces cuando vio una cruz gigante de madera sobre un portón antiguo que lo miraba de manera imponente.Se arrastró como un bebé por las escalinatas hasta el portón de entrada. Con su última fuerza golpeó la puerta de roble macizo.

Luego, todo fue silencio.

Pasaron unos 25 días de aquel episodio. Javier llevaba unas muletas, la balas ya no estaban en su piernas y, con el tiempo, volvería a caminar bien. Pero esa mañana quiso hacer algo diferente. Pasó por un puesto de flores, compró un ramo grande de rosas y fue hasta donde estaba esa cruz, la última imagen que recuerda.La cruz era una iglesia, allí estaba el Pastor que le salvó la vida. Javier estaba en deuda con el hombre de Dios, y por eso el motivo de las flores.Cuando llegó, justo comenzaba el culto. Un grupo de músicos jóvenes estaban cantando alegremente canciones a Dios. Javier miró alrededor y se sorprendió de la cantidad de personas que había en el lugar; todos al unísono cantaban y alababan.Quiso salir del lugar, pero algo lo atrapó. Sintió una paz en su cuerpo que lo quebró, algo se movilizó dentro de él, algo inexplicable para el ojo humano. Soltó las rosas que llevaba en su mano y también soltó las muletas. Se arrodilló en la entrada y comenzó a llorar como un niño.En su mente vinieron recuerdos de su madre cuando le cantaba la misma canción que ahora estaba escuchando. Su cuerpo comenzó a temblar y no podía contener sus lágrimas. El hombre rudo, invencible, el que todo podía hacer, el que nada lo detenía, ahora estaba de rodillas frente a Dios.El Pastor se acercó, también se arrodilló y lo abrazó tanto como quien abraza a alguien que no ve hace años. Ese abrazo cálido, ese mimo que hace mucho tiempo no sentía, esa paz que lo invadía lo desarmaba, lo quebraba, lo transportaba a su infancia, a su inocencia, a su niño interior. Javier abrazó al Pastor y le dijo: "Gracias".

El barrabrava se quedó todo el culto.

Semanas después regresó a su casa. Abrazó a su mujer y a su hijo, envuelto en llanto les pidió perdón y todos lloraron.Llegó un nuevo domingo. Javier regresó a la iglesia, pero no lo hizo solo, fue con su familia. Ese día jugaba su equipo, la hinchada lo necesitaba, pero a él no le importó. Había descubierto la paz y quería experimentar eso. Había encontrado a Dios y aún no lo sabía.Con el tiempo fue conociendo de Dios. Comenzó a asistir dos veces por semana a la iglesia y, con su familia, leían la Biblia en su hogar.Pero el pasado lo perseguía, sus amigos lo buscaban, lo llamaban y lo amenazaban para que vuelva a la barra. Su familia ya no era la protegida, ahora era el blanco de la mafia futbolera.Javier se aferró a Dios, su actitud fue cambiando, y aunque pudo haber vuelto a su vida pecaminosa y de excesos, decidió priorizar a su familia. Sacaron las visas y se fueron del país.Hoy Javier vive con su familia en Italia. Sigue congregando a través de las redes con la iglesia que le salvó la vida. Allí, en esa ciudad predica el evangelio y habla a otros hombre como Dios lo salvó de la muerte, también asiste a un templo y sigue leyendo la palabra que Dios nos dejó.Porque entendió algo que antes no veía: que el verdadero poder no está en el miedo que uno infunde, sino en el amor que uno entrega.
Que la verdadera libertad no está en hacer lo que uno quiere, sino en ser rescatado por Aquel que dio su vida en una cruz.
Que no hay herida que Dios no pueda sanar, ni historia tan rota que Él no pueda redimir.
Javier ya no pelea por tribunas, ahora pelea por su fe.
Ya no se arrodilla por una golpiza, se arrodilla por gratitud.
Porque un día, cuando nadie más lo esperaba, Dios lo estaba esperando.
Y el loco de la barra, el violento, el temido... hoy es un hombre transformado.

Un testigo viviente de que Jesús todavía sigue rescatando a los perdidos. 

gabo

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