Colgaba un rosario de don Moscote atado a los hierros de la ventana y bailaba como péndulo en los soplidos humeantes del verano. Benjamín Concordia había afilado con pericia un trozo de baldosa de la ducha común durante dos semanas todas las noches, como el hábito de rezar antes de acostarse, hasta que resolvió antes de las doce que estaba listo para usarse hoy. Se lo envolvió en un trozo de camisa, lo guardó en los calzones y quedó escuchando el caer de las goteras un largo rato, que casi sonaban como lágrimas de ángeles buenos, esperando sentir una agitación que ni apabullándole le iba a amedrentar, un nerviosismo que lo conectara con sus emociones de humano y le desmaquillara una perversidad inquieta, tan rugiente como su estómago alimentado a base de purés pasados y pescados que podían haber sido residuos de los últimos coletazos de las epidemias del cólera en la ciudad. Buscaba tranquilo el nerviosismo que realmente tenía que darle el verse armado para ir a matarlo; para matar a un hombre con cola de cerdo, piernas de potro y bigotes de gato, que se revolcaría en el barro de su matadero, porque, justamente, había nacido en un noviembre infeliz y tenía por San Martín su primer apellido.
Cuando retumbaron los berridos de tortura, las agonías de puerco y el galope agitado entre pabellón y pabellón de celdas, tras el primer mártir muerto durante las campanas de medianoche, cualquier amotinado que lo hubiera apuñalado pudo ver a Benjamín Concordia pacíficamente contento estirándose como si se ejercitara, con el rosario de don Moscote colgado hasta el pecho, al que nunca le hubiera limpiado gota de sangre, repitiendo mientras unos versos que sonaban de un evangelista o un tanguero, un poeta árabe o un mendigo sabio, pero que lo hermetizaban del caos penitenciario mayor. Era ya un hombre entrado a adulto, con aquellas marcas en la piel de pasar treinta y tres años mirando al sol, pero seguía menudo como de niño, manchado perpetuamente de hollín y acribillado de pecas inocentes, dientes pueriles y una reflexividad melancólica de coronel solitario, que antaño no la hubiera movido siquiera una falta a la honra ni para atravesar a un hombre con una lanza por el cuello, ni incluso para matar con el mínimo esfuerzo un mosquito que le perturbara ese silencio que tanto le gustaba. Benjamín se mantuvo pasivo hacia la guerra hasta el día en que el puerco San Martín se cruzó con su mujer embarazada en un camino de polvo y la trajo con él agarrándola de la cadera. La torturó con una lujuria sádica bajo un sauce llorón, como lloraba ella, hasta el punto en que un desgarro que le causó acabó llevándosela consigo a la muerte. En aquel cristiano impasible y pausado, cobarde para una estirpe de militares, brotó después de presenciar tal estado de vejación en que habían dejado a su esposa, mutilados hasta los botones por los que amamantaría un niño, una chispa repentina de violencia voraz y misantropía burbujeante, que lo llevó a dejar de hablar por quinientas noches, a toparse de golpe con una gran sed vengativa por la que nunca antes había precisado beber, y, impulsado por aquel pesar en un abrir y cerrar de ojos, a ahogar con sus manos en un hálito de rata los últimos suspiros del párroco perturbado de su infancia. Tanto odio le tenía guardado a don Moscote, ya públicamente chorreado por su cuerpo y alma, que ni siquiera cerró los ojos del cura por temer que pudiera descansara en paz, y así pretendía hacer con este siguiente a quien el odio le había mandado para ajustar sus cuentas.
Con la misma sonrisa con la que le dijo al juez que sobraban demonios y faltaba oxígeno en el mundo, declarándose ateo pero enviado de la justicia divina, Benjamín Concordia avanzó con ligereza de bailarina entre un lago de cisnes negros, quizá en realidad siendo más un jornalero en su propio réquiem, o el espíritu de un pirata en su funeral de alta mar, que ya muerto e inanimado durante la vida había tenido el descaro de decir amar a muchas mujeres en sus andanzas de mercenario y ladrón de subsistencia por todos los continentes, desde las más caucásicas hasta persas y maoríes, quienes habían dibujado cada una los tatuajes corsarios que llevaba hasta el cuello. Incluso cuando ellas le dibujaban en crayón sobre la piel, pensaba en el momento de verse en un motín, dispuesto a vengar a la única de la que iba a acordarse luego, una que Benjamín Concordia no supo bien nunca de dónde venía ni por qué lo había mirado, pero que pensó toda la vida que había sido concebida a años luz de la belleza de la Tierra.
Confió que aún hubiera un rastro de sus uñas en el antebrazo, moretones de sus patadas o una cicatriz de mordisco en el hombre ya herido que encontró agazapado como ratón en una esquina del patio precario. Gonzalo San Martín tenía los ojos fuera de sus órbitas, hasta los cabellos de sangre, islotes negros en las piernas de hierro como un dálmata mortecino, una nariz puntiaguda y unos labios finos que vomitaban brea. Comprendiendo que le había llegado el destino de algún mensajero desconocido, lo miró incrédulo mientras Benjamín Concordia se paseó con gracia la baldosa punzante por su barba desaliñada, sabiendo con un pálpito sobrenatural que aquel hombre venía a cobrarle los pecados. Entonces oyó la sentencia.
“Con esta cosita bien afilada que tengo aquí, el rosario de un desgraciado y la conciencia de mi mujer, me ha tenido que obligar la vida a que, despacito, te haga la muerte. ¡Ay, qué pena!” Se reía Benjamín Concordia, “Sácate la camiseta, que yo también empezaré por marcarte el pecho.”
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