Habré pensado salvajadas en su nombre,
en una penumbra avergonzante,
bajo las faces lunares
de un eros atemporal.
Habré invocado a los fines apocalípticos,
con el susurro luciferino
de un deseo venusino.
Su inicial es el principio de todos mis sigilos;
es el pacto en la inmensidad de mi sangre,
que vuelve sagrados
a todos los sudarios.
Que vuelva, para enseñarme.
Mejor, que oscurezca
a los cielos joviales.
No quiero someterme
a una reprimienda;
la irracionalidad salvaje que porte su sombra
es proporcional
a la elevación de mi alma.
Quiere migrar esta poesía foránea,
a la potestad
donde reposarán sus siglos.
Quiero inducir al juicio
a los confines del coma,
dejar de habitar el deseo onírico,
y regir los desbordes
de una realidad.
Ser el nombre culto de su verbo,
el costado norte de su patria.
Que su eros sangre mi nombre,
y mi lápida, la confesión
de su carne entre rezos.
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