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sala de espera

K.

Jan 8, 2026

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sala de espera
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Lúgubre y gélido, así era el consultorio. Tenía esa particular esencia a desinfectante, común en los hospitales. No iba mucho al médico, de hecho evitaba pisar un hospital bajo cualquier circunstancia. Si de algún malestar sufría, mi cuerpo debía superarlo solo, y si sus ineficientes defensas lo llevaban a morir o a sufrir alguna condición, que así fuera. No deseaba salvación. Pero había algo inquietándome desde hacia un buen tiempo, algo que no me dejaba respirar; en algún momento de la noche, al acostarme, podía sentir algo punzante en los pulmones, que me privaba de misericordia.

— Y bien, cuénteme, cuál es el motivo de su consulta. —

— Me cuesta respirar. Siento pinchazos en los pulmones. — El buen hombre me miró incrédulo.

— ¿Y cómo sabe que es en los pulmones? —

Repetí la pregunta en mi cabeza un par de veces, y aunque lo intenté no logré descifrar por qué cuestionaba mi total noción del núcleo de mi dolencia. Es decir, uno puede deducir de dónde proviene su dolor ¿No? Yo lo sentía en los pulmones, desde que el aire ingresaba a mis fosas nasales, desde que los músculos de mi pecho acompañaban a la expansión de mis pulmones, hasta que el aire salía y los mismos se contraían. Un proceso que suponía tranquilidad, conciliación, se había convertido en una completa tortura para mí.

Consideré que si me explayaba acerca de mis dolencias, el buen hombre me tomaría en serio y me mandaría a hacer estudios, radiografías me imagino, porque veía alta la probabilidad de tener una costilla clavada en el pulmón.

Filosa como una daga.

No es que me asustara morir, repito, pero era molesto vivir así. Tampoco era una condición, aquello era pura crueldad.

— No siento el gusto de la comida. Hace poco mi abuela, que es una excelente cocinera, me invitó a almorzar una de mis comidas favoritas, buñuelitos de acelga. Pero había algo… distinto, en el sabor. Una ausencia. Quizás le había faltado cebolla, o sal, o a la acelga le faltaba madurar, pero no cabían dudas, algo faltaba. ¡E insisto, es una excelente cocinera! Tanto que me llena de gratitud tener una chef profesional de abuela, que es tan humilde que no se monta su propio restaurante; si así fuera no tendría el tiempo de deleitarme con sus platos. Sin embargo, ya no era lo mismo. Aquello me desconcertó ¿sabe? Temo haber perdido la sensibilidad. Recuerdo bien cuánto disfrutaba en ese entonces, cuando era una infante. ¿Qué sucedió? ¿Desde cuándo soy incapaz de disfrutar los sabores que antes me generaban tanto placer? Lo recuerdo bien, los sentía llenar cada sentido. Solía ser tan receptiva. ¡Algo debe estar mal conmigo! —

Respiré profundo, las últimas palabras habían salido como murmullos de mi boca, usual cuando me disperso entre mis pensamientos.

— Sumándole a esta serie de cosas que me han estado afligiendo — continué — siento algo extraño en el pecho. No podría describirlo, es singular, como si tuviera una cuerda apretándome el cuello; despiadada y sin perdón. Me impide el habla, me sentencia al silencio en todos los sentidos. —

Un recuerdo me encontró en ese momento tan desfavorable y me paralicé por completo, lo sentí.

— ¡Patadas en el estómago, doctor! ¿Puede creerlo? No patadas en el sentido literal, claro está, creo que nunca me han pateado el estómago, pero es como si a mis órganos los pisotearan y se retorcieran de dolor, sólo que sin la patada. Y todo esto empeora, doctor, cuando salgo a caminar. ¿Puede ser que sea alérgica al viento? O al perfume que liberan las hojas de los árboles cuando vibran en sintonía con la tormenta. —

— En esta ciudad siempre hay sol. —

Apuntó el hombre, interrumpiendo nuevamente mi detallado análisis.

Lo dejé pasar. Seguramente no era de acá, pues en los últimos meses una nube negra se había posado en el cielo de Buenos Aires, cubriendo cada vestigio de luz.

— Como le decía, cuando me pinto, me visto y salgo a caminar, me invade una tortuosa inquietud. Tiemblo. Estoy paranoica, una desesperante sensación me atrapa, de que algo pasará. —

— ¿Ha tenido contacto con algún enfermo? —

Tragué saliva vacilante ante su repentina pregunta, intentando encontrar el valor de poner en palabras el juicio que había estado pesando en mi cárcel durante tanto tiempo.

— Veía un cuervo, todos los días a la misma hora. Su mirada era tajante, magnética. Yo huía despavorida con sólo verlo de reojo. ¿Estaba siendo dramática? Es decir, ha escuchado seguramente el dicho; cría cuervos y te comerán los ojos. Yo a ese cuervo no lo había criado, aunque me hubiese encantado hacerlo. ¡Con gusto sería capaz de entregarle mis ojos a la criatura que amo y me ama! Pero no lo había criado, y no me amaba. Casi todas las noches picoteaba mi ventana, me atormentaba. Ni siquiera me atrevía a voltearme a verlo, no me atrevía a ahuyentarlo, no me atrevía a renunciar a él. ¿Es posible criar a un cuervo que ya ha crecido, que ya ha aprendido? Incluso si decidía enfrentarme a él, y a mis particulares sentimientos ¿Podría ser mío? Me daba terror, doctor. ¿Y si no lograba avivar en él la devoción que en mí había despertado? Lo echaría tanto de menos. Así suele suceder, una vez que le abres las puertas de tu amor al amor. Entonces no le enfrentaba, permanecía quieta, fúnebremente quieta. Pasó el tiempo y un día, a mediados de Junio, el cuervo se posó en mi ventana. Jueves, el sol reposaba en el horizonte. —

En aquél momento, una punción en el pecho y un recuerdo me calcinaron la calma. Me acaricié a mí misma y respiré profundo, aunque con dificultad.

— ¿Existe el destino, doctor? De ser tal fantasía cierta, crueles tiempos me deparan. Verá, yo solía estar encerrada en el ático de mi hogar, perdida entre tinta y acuarelas. Aquél día, por alguna razón que ahora no puedo recordar, me encontraba en mi habitación, de pie frente a la ventana que hacía años no podía abrir.

— ¿Qué le pasaba a la ventana? —

— Creí que estaba dañada, así que nunca intenté abrirla. —

Mi estómago se cerró.

Patadas, más patadas.

Una reminiscencia.

Suspiré abatida.

— El viento acariciaba mis mejillas por primera vez en mi pequeño rincón en el mundo —

Continué. — Justo en ese momento, su aleteo gentil sacudió mi eje. Nos miramos brevemente, el cuervo y yo.

Supe entonces, luego de ese encuentro, que ya no había marcha atrás.

Una mezcla de ilusión y amargura me embargó, doctor. Ahora sólo habían dos posibles desenlaces;

el cuervo me aceptaba como su compañera y me arrancaba los ojos, o mis pestañas no excitaban su violencia y volaba lejos de mi lado, dejándome con estas pupilas que ya no volverían a vislumbrar su silueta, ni su encantador plumaje negro. —

Inevitablemente, mi voz había comenzado a quebrantarse.

— Lo intenté, doctor, juro que lo intenté. —

Inevitablemente, las lágrimas que había encarcelado por tanto tiempo amenazaban con escapar.

— El cuervo se fue luego de dos meses y quince días, lo recuerdo tan bien.

Un día, no volvió a despertarme con su sutil llamado.

Un día, no volví a reconocer su distinguido aleteo segundos antes de verlo posarse en mi ventana una tarde de invierno, invitándome a ver el beso del sol al horizonte.

Un día, antes de la primavera, el cuervo se marchó y nunca supe por qué.

Un día decidió que no era capaz de armonizar su canto, y se marchó.

— Una intensa marea de liberación me recorrió el cuerpo por un segundo, pero pronto regresó aquella pena ancestral.

— Si bien es cierto que ya no frecuentaba mi ventana como antes, creí que lo había descifrado, el misterio de su presencia, que se quedaría. Por un breve instante, una tonta luz iluminó mi corazón. Supongo que no se puede dar por sentado la permanencia de una criatura que nació con alas ¿No? La puerta siempre había estado abierta. Entonces me pregunto si habrá sido su libre naturaleza, doctor, que lo apartó de mí, o si se dio cuenta de que lo único que tenía para darle era silencio. ¡Pero si tan sólo me hubiese esperado más, doctor! Yo sé que él podría haberme adorado. Hay una realidad, doctor, y es que quien creció sabiendo callar acumula palabras encadenadas, historias que esperan ser desentrañadas.

Ahora salgo y tiemblo, doctor, porque está fuera de mi alcance. Salgo y palpita en mí la inútil esperanza de encontrarlo, una vez más, como un chiste malo del destino, de pie en el árbol frente a mi casa. —

Solté una risa apagada desde la punta de mi garganta, por lo miserable que sonaba.

— Para aquél cuervo, el tiempo conmigo no significó dicha ni pena, no fui motivo de llanto, ni motivo de sonrojo. No peso en su memoria, no cargo en su consciencia, no lo perturbo en la paz. Desde ese día permanezco atrapada en el tiempo. A veces despierto de mi desapego de la realidad, y me hablo a mí misma, me digo que es el curso natural de las cosas y lo que esté hecho para mí permanecerá y lo que no, se desvanecerá con el viento. —

Mi ceño se frunció junto a todo mi rostro mientras pronunciaba tales verdades como mentiras, mi mente renegaba con mis propias palabras.

— ¡Esa filosofía me parece tan ridícula, doctor! Esa criatura crucificó mi mente antes de encontrarme de frente.

Perderé la cordura.

¿De qué sirvió entonces, tanta ilusión, si fue efímera su visita? Lo único que perdura es esta angustia martirizante por no haber sido elegida, por vivir en un mundo donde no soy amada, sino atormentada por su eterno espectro. —

En cuanto me di cuenta, las lagrimas corrían por mis mejillas. Me aferré a mí misma consternada, clavándome las uñas en los brazos en busca de redención. Que patética escena.

— Me duele el corazón, doctor. Su nombre sangra en mi memoria. ¡Cuanto desearía arrancarlo de mi materia, pero su recuerdo me persigue como un acechante nocturno! Su vuelo me desplomó la química, me encriptó el número, me silenció la palabra. El vaivén de sus alas hace eco aún en el baúl de mi alma. —

Hubo un breve silencio antes de que el hombre frente mío hiciera una llamada y cortara luego de unos segundos.

— Lo lamento, el clínico está de licencia. Lo atacó una lechuza.

K.

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