Cuando se desea algo que no es inmediato no hay otra alternativa que ser paciente y esperar. La parte más complicada de esa espera es la intimidad con uno mismo. Una intimidad incómoda y cruel que crea el mismo escenario de un cuento de terror. El encuentro con los pensamientos es el más inoportuno, se lo puede posponer, nunca rechazar. Por lo general, siempre llega cuando uno no lo espera pero siempre cuando se está esperando otra cosa más.
Suponer que uno se conoce porque sabe cuáles son sus películas favoritas o porque le es fiel a un gusto de helado es pensar que, por subir a un avión, ha volado. Si se lo piensa en la superficie, podría ser verdad, pero no es estrictamente real. Quedarse a solas con los pensamientos es entrar a una habitación vacía con un espejo que no refleja el tiempo presente, solo augura futuros desconocidos con un final devastador.
Paciencia, paciencia, es el ejercicio que más se me exige. De todos modos, yo no sé nada de paciencia, solo que no la conozco. Esperar es verse crecer alas y no volar. Conformarse con la tierra es, entonces, rendirse.
No conozco un remedio para la espera. Tampoco sé mucho de números, pero sé que si haces todo mal, las agujas del reloj van para atrás y, en un delirante instante, parece una segunda oportunidad. Generalmente, nunca lo es.
Decidí que la forma más amable de abandonar este dolor que nace de la espera era crear un mar de mis lágrimas y habitar para siempre en él. Terminé creando un océano, pero nunca me pude ahogar. Mis lágrimas fueron cultivadas desde ese dolor. Lo que no sabía en ese momento es que ese dolor había crecido en un campo de deseo, y era mi deseo el que me sacaba a flote.
Quizás no sea lo más acertado pretender abandonar la exigencia de la paciencia y cambiarla por la esperanza. Quizás sea más doloroso. Quizás sea menos realista. Pero algo le tengo que llevar a ese espejo. Con algo tengo que combatir ese reflejo que no me ofrece un abrazo. Ahora se lo puedo ofrecer yo.

bernarda
habito entre páginas y nubes, siempre con mi cuaderno en la mano, donde aterriza mi cielo antes de volver a volar.
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