A veces siento que el mundo es un profundo vacío en el que el tiempo avanza y todo gira. Su movimiento no se detiene, mientras yo permanezco inmóvil, paralizada. El mundo sigue, pero mi pequeña porción de él no.
Estoy en la mitad, unos días más abajo que otros. Su profundidad es infinita. Subo un poco cuando sonrío, cuando bailo; pero el fondo también tiene su extraña comodidad: flotar en el espacio de una tristeza que no entiendo.
Mi cuerpo se recoge como la casita de un caracol y parece que nada pesa. No es así. Pero algo más grande, mucho más grande que yo, me sostiene. No hay juicio ni análisis. Es lo que es, es lo que hay. Y, de algún modo, basta la intemperie de este pequeño manifiesto de universo.
No se debe racionalizar la emoción, la sensación o la reacción, mucho menos cuando se transita un camino destinado a que eso fluya, a que pueda expresarse. Pues antes del amor, sacar la rabia, pero pienso, a veces, inevitablemente, en cuándo acabarán las lágrimas. Cuándo tocaré la campana por haber derramado, por fin, la última. Y entonces vuelve a mí una frase: Por cada una de ellas, una lágrima mía.
Fueron demasiadas mujeres, más de las que me gustaría admitir. En cada una presente en su vida, un miedo emergía en mí. Era como si cada una fuera la representación física de todo lo que llevaba dentro y me negaba a ver.
Mis sombras se acostaban, todas al mismo tiempo, con el hombre que "amaba”: el rechazo, el abandono, el silencio autoimpuesto, el enojo, el egoísmo, la sumisión, la manipulación, el engaño, la traición. Todos manifestados en mujeres.
Cada vez que un recuerdo vuelve a mi mente, mi corazón se estremece, se vuelve tenso. Pero cuando la lágrima cae, cuando la visión se aclara y reconozco lo que me duele, entonces parece que mi pecho se abre. Es como si, en la medida en que la valentía de observar se fortalece, el camino se iluminara y entonces ya no hay solo uno, sino una infinidad.
Ay, ¿qué se hace cuando el corazón está roto? Cuando nos quitamos la máscara y descubrimos que la piedra en el camino es, en realidad, el camino.
¿Qué se hace cuando nos desdibujamos en medio de tantos pedazos que ya no sabemos cómo armar, cuando las piezas de antes parecen no encajar más?
Dice uno de mis guías que el sufrimiento nace cuando nos identificamos con el personaje y olvidamos que somos el observador, quien crea, quien piensa, quien se da cuenta. Ahí aparece la separación.
Qué fácil es cultivar la unión con el otro, con el todo, cuando se trata de quienes amamos, pero qué desafiante resulta cuando quien está enfrente es precisamente donde nos quebramos.
Sigo esforzándome por amar este camino que se ha vuelto piedra, por alimentar una intimidad con las polaridades que me habitan, pues no hay excepción, no existe intimidad sin ternura ni compasión.
Una lágrima cae y un pedacito encuentra su lugar.
No le tengas miedo al miedo.
El amor no se aprende ni se fuerza. No puedo hacerlo. Solo decido, definitivamente, estar dispuesta.
Sea lo que sea:
Antes del amor, sacar la rabia.
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