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Sacanta, Córdoba.

mateo

Jul 25, 2026

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Sacanta, Córdoba.
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Mi primer recuerdo sobre vacaciones me lleva a este pueblo que visité incontables veces. ¿Cuántas, exactamente? No lo sé. Sería una mentira descomunal intentar dar una cifra. Pero sí hay cosas de las que tengo recuerdo nítido: los veranos interminables y lo inviernos grises y tranquilizadores, así como olores y sonidos que solo existen en este lugar.

En este pueblo, que a lo largo del tiempo fue creciendo –me gusta creer que un poco a la par mía– vive una de las personas que más amo en el mundo. Acá siento el amor como en ningún otro lado. Acá los abrazos valen el doble. Acá esta ella: mi abuela, la persona más resiliente que conozco.

Es un barrio con casas todas iguales. Durante la segunda gestión peronista se construyeron estas viviendas cuyas paredes, a lo largo de cuadras y cuadras, mantienen la misma estructura, aunque cada una fue decorada según el gusto de quienes la habitan. Mi abuela tiene su casa ahí.

De mi abuelo no me acuerdo mucho, murió en 2012 cuando tenía siete años en pleno febrero caluroso.

Recuerdo que, por esa época, estaba durmiendo con mi mamá, en plena madrugada, sonó el teléfono celular. Era mi abuela, que le comunicaba la noticia. Mi madre rota en llanto y mi padre, que esa noche había intercambiado lugares conmigo porque hasta esa edad todavía me daba miedo dormir solo, salto desde mi cama, con acolchado del Rayo McQueen, para ir a consolarla en su habitación.

En poco más de una hora, o al menos así lo recuerdo, estábamos en la ruta viajando. Un viaje que normalmente, y hasta el día de hoy, tarda casi quince horas se hizo en ocho. Llegamos a la tardecita. Una casa de sepelios que rebosaba de gente: mi abuelo era muy querido. Toda la familia reunida; quizás, al menos para mí, era la primera vez que los veía a todos juntos.

Ese es recuerdo que más presente me queda de él. Pero también hay otros, un poco más lejanos: las retadas, risas, de verlo en el taller de costura de mi abuela cebándole mates a las cuatro de la tarde, o verlo con su auto nuevo, que pudo disfrutar pocos meses. Son recuerdos difusos, pero que existen.

Debo ser sincero: no recuerdo abrazos ni su voz. Su cara perdura en mi corazón y mi teléfono, gracias a las aplicaciones que funcionan como extensos books de fotos. Pero, más allá de eso, no me acuerdo de mucho más.

Pero en cambio, esta casa la recuerdo como si fuera la palma de mi mano. Principalmente porque en cada rincón tengo un recuerdo o anécdota distinta como mi abuela.

Ella fue mucho más joven que mi abuelo, hace nueve años alcanzo la edad que tenía él cuando falleció. Durante toda su vida batallo interminables combates, algunas con victorias y otras con derrotas. Es modista y costurera, la mejor si me lo preguntan. Se pasa de sol a sol sentada frente a una vieja Singer negra (tiene un taller con seis máquinas para distintas cosas). En palabras de ella: ¨ yo quedarme sentada en el comedor sin hacer nada, no. ¨

Nos solemos ver una vez al año, o con suerte, dos. Son estancias cortas que se me resbalan de las manos como si de agua se tratase. Casi siempre venimos en vacaciones de verano, con los típicos días calurosos en el que la transpiración y el sol agobiante del interior de Córdoba te llega a lastimar.

De chico me pasaba los días anteriores a venir totalmente extasiado de la felicidad. Para mí, pisar este pueblo, que tiene quince cuadras de ancho y cinco (ahora) de largo, era como un viaje a la ciudad más importante del mundo.

Hoy, ya de grande, la ansiedad bajo la espuma. En los días previos no hay pizca de ansiedad, solo de ofuscación de armar la valija: la ropa para usar y la que debo llevar para que ella arregle, los libros que pienso leer durante la estadía (cuando escribo esto termine Alguien camina sobre mi tumba un libro exquisito de Mariana Enríquez sobre crónicas de los cementerios que visito en su vida), los auriculares y algún cuaderno para escribir. Siempre necesito escribir.

Como mencioné antes, mi abuela es modista. Transformo el garaje de su casa en su taller y, con los años, lo fue ampliando incasablemente hasta convertirlo en lo que es hoy: un laberinto de telas y maquinas.

Cuando tenía seis o siete años me creía Paco Jamandreu. Con retazas que caían de sus creaciones armaba inmensos vestidos sobre los maniquíes que hasta el día de hoy conserva. Movía telas de un lado a otro buscando la combinación perfecta (siempre era moda femenina, un claro ejemplo de que uno nace gay). Después agregaba collares para darle más estilo y coronaba mi creación con un pedazo de tela, que sirve hasta el día de hoy para tapar una de sus máquinas, de forma que quede como una gran cola de princesa.

Quería ser como ella. Quería armar vestidos inmensos, como los que ella confeccionaba.

Otras tardes las pasaba frente a una vieja computadora de tubo. Hoy la tiene un sobrino suyo, en el campo de Villa Santa Rosa. Jugaba a algún juego que hoy, con el paso del tiempo no logro recordar. Si recuerdo donde se ubicaba: estaba en la esquina derecha del taller, debajo de una ventana, que ahora ocupa un gran mueble tipo cajonera que tiene el televisor Smart arriba. 

También había mañanas frescas en el agobiante verano, Me despertaba y siempre estaba ella para decirme buen día con un beso. Hoy mismo, hace apenas unas horas, me recibió de la misma manera.

De fondo se escuchaba la radio, AM mil cincuenta de San Franscisco. Hoy todavía la radio esta puesta en esa emisora.

Me daba alguna galletita y me preparaba un té, nunca fui de tomar leche ni chocolatada hasta ahora de grande. Se quedaba hasta que terminara para hacerme compañía. A las nueve de la mañana ya estaba sentada haciendo mover el pedal con una tela arrastrándose por sus manos.

En esas mañanas largas –acá es común almorzar a las doce del mediodía, o por lo menos mientras mi abuelo vivía se mantenía estrictamente– ella me relataba todos los pormenores de la familia: anécdotas, peleas, llantos. También hablaba de sus padres y abuelos, inmigrantes italianos que llegaron al corazón de la provincia en barco escapando, como todos en esa época, de la guerra.

Hoy ya no me creo diseñador de alta costura. Juego a los Sims 4 en mi propia computadora o leo algún libro. Sigo acá, compartiendo espacio con ella en su taller, sentado en una vieja reposera verde que ocupa la mitad del lugar.

Ella nació en Villa Santa Rosa un 16 de abril de 1948. Vivió y trabajo en el campo de la familia, como era normal en esa época, hasta que se caso con mi abuelo (no recuerdo bien la edad que tenía). Se mudo varias veces con su esposo hasta que se asentó en este pueblo y fue madre.

Tuvo cuatro hijos: tres varones y una mujer, mi mamá. El mayor nació a fines de los sesenta, mi mama en 1971; otro de mis tíos en 1974/5, y el menor a principios de los ochenta.

Él murió en 1990, cuando tenía apenas ocho años, a causa de una enfermedad cuyo nombre no quiero recordar.

Siempre me dicen que me parezco a él.

En el último viaje encontré, un día antes de volverme, una foto suya en los brazos de mi mamá. No debía tener más de siete años. Un nene colorado, con un conjunto deportivo puesto, posiblemente gafas, sostenido de pie por su hermana que ya lo superaba en años. Nunca lo había visto así.

Mi abuela tiene una foto de él, mucho más chico, en un pequeño altar que comparte ahora con mi abuelo sobre una cómoda en su habitación. Pero esa foto no demostraba como era. En cambio, la foto con mi mamá sí: ahí aparece exactamente como siempre me lo imagine cuando lo nombraban, feliz.

En los años en los que transcurrió su enfermedad, mi abuela recorrió el país para visitar a todos los médicos posibles. Mi abuelo trabajaba. Mi mamá, con apenas dieciséis años, trabaja en la guardería municipal del pueblo para poder ayudar y mantener a sus hermanos.

Un momento de la vida que se describiría muy bien con dos palabras: una mierda.

Hoy se lo recuerda. Siempre es nombrado en las conversaciones. No lo conocí, ni siquiera mi hermana mayor existía. Pero me gusta imaginar que, dondequiera que esté, debe estar divirtiéndose en alguna plaza, saltando y disfrutando de una eterna niñez acompañado de su papá.

Esa pérdida dejo una marca. Para ella y la familia. Perder un hijo debe ser una herida eterna en él alma. Sin embargo, hizo lo único que supo hacer durante toda su vida: seguir adelante.

Tuvo infinidad de trabajos hasta que finalmente pudo abrir su taller de costura. Durante la década ganada se logró jubilar con la moratoria. Toda su vida había trabajado en negro, como muchas mujeres de su época.  

Mi abuela es única. Es enorme. Soy un fiel creyente que no se va a hacer otra abuela igual, posiblemente todos pensamos lo mismo de las nuestras, pero yo lo digo convencido: no va a existir nadie igual a ella.  Guerrera, trabajadora pero también cariñosa. Dueña de los abrazos mas lindos y curadores de la vida, creadora de los postres más ricos y de las costuras más espectaculares del mundo.

Este pueblo siempre va a ser ella.

Este pueblo es sinónimo de amor. De tardes eternas de charlas y risas. De abrazos y besos, de panzas llenas y corazones rebosantes de alegría.

Pero también tristezas.

En este pueblo aprendí que nada es para siempre. Que ningún dolor perdura eternamente. Que todo sana, hasta las heridas más dolorosa, y que siempre se puede salir de la oscuridad más profunda.

Este es un pueblo que visite incasable de veces por ella y ojalá siga así por los siglos de los siglos.

mateo

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