Saber cómo ir… y regresar
Aug 26, 2026

Amo las aves; sinceramente, creo que son los seres más fascinantes de la naturaleza. Algunas poseen una precisión cazadora letal, otras son velocistas fugaces, intrépidas, familieras, enigmáticas; verdaderas metáforas del vuelo.
En mi vida tuve la oportunidad de observar de cerca distintos nidos: de teros, de horneros, lechuzas, tacuaras, gorriones, benteveos y ahora, en plena ciudad, de palomas.
Y sí, aunque muchos las reduzcan a "ratas con alas", para mí son criaturas sorprendentes. Cuando uno se anima a mirar en profundidad, descubre datos deslumbrantes: su lugar en la historia humana, su resistencia implacable y, por, sobre todo, su prodigioso sentido de la orientación.
Este último punto es el que me interroga. Las palomas son, en esencia, la combinación del GPS más preciso del planeta dentro de un organismo vivo. Una máquina magnífica de exploración, reconocimiento y navegación. Pero lo que verdaderamente me atrae no es su capacidad de desplegar las alas e irse, sino algo mucho más complejo: que sin importar qué tan lejos vuelen, siempre conservan la sabiduría para volver a donde pertenecen. Y ahí es donde la observación se transforma en pregunta.
Ellas pueden atravesar miles de kilómetros, cruzar escenarios naturales o selvas de cemento y, aun perdiéndose en la inmensidad, saben cómo regresar. Ese es un saber que a los seres humanos muchas veces nos queda grande. Saber irse es la audacia del viajero; saber volver es la maestría del que entendió el camino.
No importa cuán duro, incierto o sinuoso sea el trayecto: lo crucial es no perder la nitidez de saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.
Entender nuestro propio mapa —las coordenadas de donde salimos, las marcas del recorrido— es la única garantía para no naufragar antes de llegar a destino. El verdadero mapa no se dibuja con certezas, sino con la templanza de asumir las heridas superadas. Reconocer que hemos atravesado días luminosos, pero también tormentas heladas; atravesamos días soleados y noches heladas, y la única bandera que importa es que seguimos en pie.
“No para quedarnos atados al ayer, sino para no olvidar de qué estamos hechos.”
Por eso creo que, una vez más, una simple criatura en mi ventana —cuidando en silencio los dos huevos que serán sus crías— puede enseñarme sobre la existencia tanto o más que un libro de psicología. Una simple criatura en la ventana puede enseñarle a la razón más que mil libros de teoría.
Hay momentos en que, como a cualquiera, el trayecto se me vuelve borroso y una especie de amnesia me impide recordar el punto de partida o la meta. A veces por desencanto, a veces por miedo, vergüenza, o por ese impulso tan humano de querer tachar el pasado para no sentir su peso. Pero entiendo que, al igual que las palomas, si renegamos del mapa completo, quedamos condenados a dar vueltas en círculo.
“Avanzar renegando de la propia historia no es volar lejos, es solo una forma elegante de estar desorientado.”
Hay que tener la templanza de asumir de dónde venimos: cada obstáculo superado, cada historia que nos constituyó, cada cicatriz y cada recuerdo. Solo así el viaje cobra un sentido de superación real. El coraje no es solo desplegar las alas hacia lo desconocido, es tener la fortaleza de regresar sin fantasmas. Y cuando al fin arribemos a ese destino, podremos mirar hacia atrás, regresar al inicio sin miedo y decirnos a nosotros mismos:
"Por más duro que haya sido el camino, no solo llegué lejos, sino que tuve el valor de volver, transformado".
A veces la vida nos regala verdaderos milagros microscópicos camuflados en el desorden cotidiano de la ciudad. Mientras el viento susurra promesas en el alféizar y el latido invisible de dos vidas en desarrollo late bajo las plumas de mi visitante, me doy cuenta de que la ventana nunca fue un simple marco de cristal: es un portal de sabiduría. Comprender nuestro vuelo es entender la magia sutil del universo; esa alquimia perfecta que no nos exige jamás ser inmunes a las tempestades, sino capaces de guardar la luz del primer nido en la memoria para que, sin importar cuán lejos nos lleven los vientos de la vida, siempre sepamos cómo regresar a casa envueltos en paz.
"Al final del día, la verdadera maestría no consiste en no perderse nunca, sino en tener la lucidez de reconocer el mapa, la templanza de habitar el camino y el coraje de volver siempre mejorado."
Por: Facundo R. Arroñades
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