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Ruta 40 kilómetro 26

Feb 19, 2026

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Ruta 40 kilómetro 26
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Catalina tenía el pelo color miel, por los hombros; la nariz levemente chueca y unos dientes de leche muy pequeños cuando nos conocimos en la escuelita. Compartíamos la edad de seis años y nos sentaban en el mismo banco, al frente, a la izquierda. Era una niña conversadora, muy inteligente para los números y asombraba a cualquiera con la rapidez en la que resolvía cuentas, pero la peor en Lengua. Tenía problemas para leer y escribir; apenas podía dibujar las letras que componían su nombre con memoria muscular. Un día me confesó que no sabía qué significaba lo que escribía. Probablemente era disléxica, pero en ese momento no existía esa palabra para nosotros y la única justificación que encontraban nuestros compañeritos era lo que le gritaban en los pasillos y le escribían en el cuaderno cuando ella no veía: “burra”.

Catalina, aparte de burra, era pobre. Aunque ninguno de nosotros venía de familias con dinero, se notaba que Catalina a veces no comía en su casa, porque atacaba el paquete de galletitas de agua y el vasito de yogurt que nos daban de merienda sin vergüenza, a pesar de las risitas burlonas del fondo. Siempre usaba las mismas dos remeras de princesas y un pantalón verde oscuro debajo del delantal, que parecía desgastarse en los puños de las mangas. Tenía dos papás a los que nunca llamaba como nosotros llamábamos a los nuestros; se limitaba a decirles Paula y Jorge. Paula y Jorge eran señores grandes, con pelo blanco, que nunca hablaban con nadie, nunca besaban a Catalina en la cabeza ni le daban un abrazo cuando entraba a su casa. Ambas nos acompañábamos a la salida del colegio porque vivíamos en el mismo barrio y la veía entrar a una casita de madera oscura que siempre tenía las ventanas cerradas. Conocía lo que la puerta me dejaba ver cuando Catalina la abría para entrar: apenas un sillón y un mueble viejo. A veces su padre, Jorge, sentado. A veces su madre, Paula, esperándola a que entrara. Nunca parecían verme y tampoco me dedicaban un saludo. Cuando Cata entraba a su casa, yo me iba corriendo a la mía.

Catalina no tenía amigos aparte de mí; todos parecían despreciarla y yo no entendía por qué. Tal vez porque pensaban que su “burrez” se contagiaba, o tal vez porque a veces venía un poco sucia al colegio, con el pelo miel enmarañado, peinado sin ánimo en una colita. Yo la quería mucho porque era muy graciosa y muy buena. El día que cumplió siete llevó, envuelta en una servilleta, un pedazo de torta de cumpleaños muy modesta —un bizcochuelo de vainilla untado con una muy fina capa de dulce de leche— para compartirla conmigo. Mientras la comíamos con las manos me conmovió; me susurró, mientras se limpiaba el dulce de la boca con la lengua, que había guardado su porción: le había pedido a Paula que la dejara llevársela al aula para comer juntas.

Por eso, cuando tres meses después faltó toda una semana completa, me preocupé. Catalina faltaba mucho al colegio, pero nunca tantos días seguidos. Cada vez que le preguntaba por qué, me respondía, casi con una mueca triste, que ayudaba a Paula y Jorge con su trabajo hasta muy tarde y al día siguiente estaba tan cansada que la dejaban faltar. Llegué corriendo a la puerta de su casa, justo para encontrar a Paula subiendo bolsos a una camioneta destartalada que en algún momento había sido roja. Con ella no estaba Cata. Esa fue la primera vez que escuché la voz de Paula: una voz ronca y seca, y un acento que sonaba de muy lejos.
—Nos mudamos. Catalina no quiere salir porque está muy triste y no para de llorar —me dijo, casi sin mirarme.
Me sentí automáticamente intimidada, su indiferencia hacía mi me asustó y pretendí irme hasta un arbusto de romero cercano, donde me escondí tratando de ver si en algún momento Catalina salía, si podía aunque sea abrazarla y decirle chau. Pero pasaron horas y el olor a romero me hechizó en un sueño profundo. Cuando me desperté, ya casi de noche, la casa estaba vacía.

No volví a verla. Cuando terminé la secundaria me mudé a la capital para ir a la universidad y dejé en el pueblito a mis papás y al recuerdo de Cata, casi olvidándome de ella. Hasta que una madrugada insomne de jueves, tirada en la cama después de estudiar toda la noche, sentí vibrar mi celular. Era un número desconocido. No llegué a decir hola que una voz femenina, adolescente, me gritó:
— HOLA ¿ME ESCUCHAS? NECESITO AYUDA PORFAVOR AYUDAME, ESTOY EN LA RUTA 40 KILOMETRO 26, PORFAVOR VENI A BUSCARME.

Se la escuchaba agitada y no paraba de llorar; su angustia me dejó aturdida y por la espalda me recorrió un escalofrío como un latigazo. No había otros ruidos más que el viento característico del campo, azotando el micrófono del celular.
—¿Quién sos? ¿Qué pasó? —pregunté con la voz temblorosa.
— POR FAVOR TUVIMOS UN ACCIDENTE, ESTOY EN LA RUTA 40 KILOMETRO 26, POR FAVOR LAURA AYUDAME.

Sentí cómo se me endurecía el cuerpo; escuchar mi nombre me asustó más. Yo también me agité como ella; el corazón me latía tan fuerte que me ensordeció y entonces la reconocí: aunque sonaba adulta, conservaba modismos y formas de pronunciar palabras de cuando teníamos seis, la voz de un adulto detenido en el tiempo. El nudo en la garganta casi me lo impide, pero susurré con el teléfono apretado a mi cara:
—¿Cata? ¿Sos vos?

El viento se hizo más fuerte y ella lloraba tanto que hasta sentía que sus lágrimas me mojaban a través del auricular. Estaba por contestarme cuando su celular se apagó y ya no escuché ni su lloriqueo, ni su voz de niña-adulta, ni el viento del campo. Solo el tono de fin de llamada, que me angustió aún más que sus súplicas.

Llamé a la policía. Reconocí la ruta porque es una que llegaba a un pueblo cercano al nuestro, al que compartimos de niñas. Les rogué que fueran, que algo malo le había pasado a alguien, pero no me hicieron mucho caso; mi historia sonaba inverosímil y ni siquiera recordaba el apellido de Catalina. En la época en que éramos amigas, yo ni siquiera sabía el mío. De todas formas, me aseguraron que irían, y cumplieron su palabra, porque a las primeras horas de la mañana me llamaron. La llamada fue corta y simplemente me dijeron que se habían acercado al kilómetro que les di, pero no habían encontrado nada: ni un auto destrozado, ni alguien herido o sano, ni rastro alguno de un accidente. Les agradecí con el corazón estrujado y cortaron. Aquella llamada me consternó; me costó dormir a partir de ahí porque temía que Catalina quisiera contactarme de nuevo. Me perturbaba también tratar de pensar cómo había conseguido mi número de celular, que nunca le había dado. ¿De dónde lo sacó? ¿Cómo me recordaba? ¿Acaso su poder con los números la había ayudado a alcanzarme? ¿Cómo era posible que la policía no haya encontrado nada? Me parecía imposible la idea de haberlo soñado, cuando sentí sus lágrimas en mi cara y nunca me desperté, porque no estaba dormida.

Pasaron un par de años. Cuando tuve mi primer auto, aproveché un viaje a nuestro pueblito para ver a mis padres y fui hasta la Ruta 40, kilómetro 26. Era de mediodía y corría un viento caliente y seco que hacía casi imposible respirar; el sol arriba no ayudaba y quemaba los yuyos que se asomaban a la ruta. Dejé el auto y empecé a caminar, pensando en ella. Después de años, traje de mi memoria su rostro, su pelo miel y su nariz torcida. La buscaba con la mirada mientras caminaba. Imaginaba cómo se vería de grande, cómo era el cuerpo dueño de esa voz estancada. Estaba tan concentrada en pensarla que casi pierdo de vista una modesta cruz clavada en la tierra, hecha de lo que parecía ramas de árbol. No había placa ni mucho menos una inscripción, pero tenía atada una cintita rosa que no paraba de moverse con el viento. Por un momento, el sonido contra mis orejas me recordó a la llamada y en la boca tuve el sabor de bizcochuelo con dulce de leche. Me arrodillé frente a la cruz y, llorando, comencé a rezar.

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