El amague de entre puerta. El medio cuerpo bajo el marco y el pelo que se le engancha apenas en el colgador de llaves. Las uñas rasgando la madera con saña, dejando aquellos rayones que ni siquiera el Blem puede sacar.
Creo que sollozó en ese instante.
Entonces, desde el sillón, quise levantarme hasta alcanzarla, tomarla como tantas veces desde el lacito sujetador de la mochila, para luego ingresarla por la espalda a un encadenamiento humano, a una mordida de hombro, a una caricia de frente con espalda. Sin embargo, no podía.
Algo me acorralaba contra la tela, me hundía entre los almohadones mientras me sofocaba con calores de bufandas que sobran en los livings. De pronto levantó algo su frente, que incluso viéndola de espalda pude notar.
Escuché el inhalar, luego el suspiro, y sin soltar la puerta de sus garras ladeó la cabeza. Juro que habría muerto paralizado si no se me hubiese escapado la risa en aquel instante. Me fulminó con la mirada para suturar mi boca.
—Hijo de mil puta. Era mi torta.
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