Tres años me tomó descubrir tu miedo a los aviones. Por supuesto, no lo hubieras mencionado antes, simplemente por ser —a tu consideración— un dato innecesario. En tu vida decías solo las palabras precisas. Un —buenos días— al abordar un taxi y un —buenas noches— al abrazarme en nuestra cama (mi cama que simbólicamente llamaba nuestra).
Tu mano tomaba la mía y sentía su temblor disimulado. Te veía como siempre, con esa insistencia tierna que buscaba hacerte verbalizar aquellos pensamientos que veía cruzar detrás de tu frente. El avión despegó, me tomaste con mas fuerza, y se agitó súbitamente al separarse definitivamente de la tierra. Durante el viaje hubo turbulencias, más de las que se esperan en un viaje corto que va de la Ciudad de México a Puerto Vallarta y eso lo recuerdo con gracia. ¿Qué podía hacer Dios, si no provocarte?
Era nuestro primer viaje. Tú, yo, y tu familia. Tu madre, tu padre y tu hermano, todos rumbo a Puerto Vallarta. Tu madre se veía entusiasmada. Antes de partir, estuvo al tanto. Pagó mi boleto de avión, empacó provisiones extras para mí y hasta me regaló un traje de baño. Recatado, pero femenino y moderno. En el aeropuerto, me preguntó sobre mis sueños. Le hablé de todo lo que teníamos planeado. El viaje nos serviría para inspirarnos, escribiríamos una obra que partiría de algunas premisas que teníamos en mente. Hablaríamos de ella al despertar, en la playa, al atardecer, nadando en el mar…Después regresaríamos a la ciudad; enamorados, entusiastas y listos para vivir una nueva vida. La obra le agradaría más a la gente que a la crítica, empezaría siendo un pequeño proyecto que al cabo de un año crecería y nos llevaría a conocer nuevos teatros. Esa era la aventura que estábamos a punto de emprender. Ese era el sueño por el cual había esperado tanto.
Por supuesto, nada de eso ocurrió.
Es verdad que tú madre me invitó y se ofreció a cubrir todos los gastos. Es verdad también que soñé con estar ahí, a tu lado, y que en el viaje proyectaba el inicio de algo tan grande que no éramos capaces de imaginar.
Pero no pude asistir. Bueno, podía. Desde hace meses atrás había previsto la fecha en mi calendario y esperé hasta el último momento para renunciar a ese sueño.
La realidad ocurrió mas o menos así. (¡Ay, esa realidad que siempre me atraviesa la ilusión!): Eran las vísperas de mi cumpleaños y organizaba con mi familia una fiesta modesta para partir mi pastel favorito: un pastel de mil hojas que año tras año mi hermana horneaba para mí. Para mí hermana, la fiesta suponía una oportunidad especial para probar sus nuevos juegos de mesa y aunque yo no compartía la ilusión, tampoco me atreví a negarme a ella, pero sí propuse algo que mejoraría mi experiencia: ¿Puedo invitar algunos amigos?
De inmediato, me preguntó, concretamente, a que amigos me refería. Y yo pensaba en ti y solo en ti, pero no soy ninguna ingenua, así que improvisé algunos nombres de personas que, en realidad, ya ni siquiera considero amigos míos. Mi hermana pareció aliviada y no pude evitar preguntar: ¿A quién no querías que invitara?
Y, ay, amor, se me partió el corazón cuando escuche tu nombre, seguido de la justificación: ya ni siquiera es tu novio.
Pude haber dado batalla. Decir que, en realidad, jamás lo habías sido, y aún así antes podías formar parte de nuestra mesa. O decir que, pese a nuestros ambiguos estatutos relacionales, tú y yo éramos, ante todo, amigos y siempre lo seríamos, aún si vivieras el resto de tu vida siendo cobijado por múltiples corazones o incluso si llegabas a conocer a alguien a quien quisieras darle ese sí certero que nunca quisiste darme a mí.
Pude haber dicho mucho, pero reconozco una causa perdida cuando la tengo de frente. Jamás formarías parte de mi familia. Algún día tendría que aceptarlo. Me puse de pie y salí llorando mientras mi café se enfriaba. Ya nunca serías parte…
No anhelaba mas que volver a casa. Arroparme en mis cobijas y soñar contigo. (La imaginación se ha vuelto un territorio donde podemos ser aquello que aquí nunca podremos) Y cuando volví, la realidad que antes había tenido que asimilar de mi lado, llegó pidiendo ser asimilada del tuyo.¿Qué podría hacer Dios, sino provocarme?
Tu madre me pedía mi inmediata confirmación para comprar los boletos de avión. El viaje a Puerto Vallarta se realizaría pronto. Tú madre invirtiendo dinero en mí, y, a su vez, poniendo en marcha sus propias esperanzas. La madre que me ofrecía pan y abrigo cuando iba a su casa. La madre que entre risas me hacía saber que ella sí quería nietos, y que ella sí creía en el amor para toda la vida, y que ella piensa que cuando dos personas deciden estar juntas, se comprometen la una con la otra sin lugar a dudas.
No había manera en que dijera que sí a ese viaje. Tuve que entender ese día: tú no formarías parte de mi familia, yo no formaría parte de la tuya.
¿Podemos hablar entonces de la posibilidad de tú y yo conformar nuestra propia familia? Una isla alejada de todo, sin conexión ni palabra que explique nuestro estar.
Llegó el día en el que emprenderás ese vuelo. Te subirás al avión y te temblarán las manos. Mirarás por la ventana, será de noche. Y con un poco de suerte, al cabo de cinco o diez o quince días, volverás, sin comprender la relevancia que algún día tuvo mi nombre.
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