No había más que otra tarde de terror en el campo de batalla, esa era la suerte que nos corría en estos instantes, ¿Quién podría imaginarlo?, en un abrir y cerrar de ojos tuve que dejar ir el calor del ambiente hogareño y la incomodidad de ver a los niños correr por la cocina, con miedo a que se cuelguen de alguna de las alacenas y quede la bacha pintada de blanco por alguna explosión de harina, por un sucio refugio, poco acogedor, pero más transitable que una cocina enchastrada, de no ser que las explosiones de mi alrededor no venían cubiertas de harina, más bien con la sriracha vieja que nadie se atreve a probar. Igualmente el trabajo de soldado no es lo que muestran en las películas, preferiría que así sea y que me reconozcan como un héroe, pero aquí dentro, todos saben que afuera hay una muerte digna y es por eso que en este reino de falso heroísmo reina la cobardía, golpeando los corazones de cada uno de nosotros, avisándonos que la sopa fría era un mucho mejor plato que un pedazo de piedra con alguna frase cursi que deje en claro que fuimos valientes pero estúpidos. Dicho esto, creo que entenderán que hago acá escondido y por qué nadie va a recordarme, ni nombrarme jamás, no me gustan esos conceptos falsos de osadía en los que hay que luchar por las causas que a uno le importan, es insultante que haya que morir para dejar rastro del amor que cabe en mi corazón por mi patria, ojalá esto fuese como el ajedrez y se premiara la rapidez, la búsqueda de alternativas o saber estar un paso por delante de los rivales, pero no hay forma de cambiarlo, quieren que invente un enemigo en las pupilas inexpertas de un jóven cualquiera exclusivamente porque la sangre es la divisa más cara del mundo, sino preguntenle a los contrabandistas cuánto cotizan el litro. A veces uno piensa que la guerra es más contra uno mismo que contra esos tipos que corren para acribillarte.
Pasadas unas horas sentado no se oyeron más ruidos de disparos ni explosiones, cada uno de los chicos volvió al refugio para charlar un rato acerca de las tácticas que creemos que van a ser más efectivas luego del parón. Esta podría ser la discusión previa al último cuarto de un partido de la NBA, pero acá cada tiro valía el doble y los partidos de basquet no superan los 150 puntos por equipo, que rabia, detesto esa sensación de que hubiese pasado si, que hubiese pasado si fuese una superestrella de la NBA y quisiesen enviarme a hacer lanzamientos de granadas, mi vida está en el juego, quiero una medalla olímpica, no esos versos de corazones púrpuras, mi corazón está más allá de esconderse y sufrir, se tiñe de violeta por el frío y los moretones de tantos golpes de la cobardía. Quizás me merezca tan solo un descanso.
Luego de una siesta de un cuarto de hora me pidieron que cubra el refugio a las nueve en punto y cualquiera que se haya aventurado en al menos un film bélico sabe a lo que me refiero, fue la primera vez en varios dias que me tocaba salir e irónicamente no sabía ni el dia ni la hora en la que estaba parado. Tomé el rifle con una seguridad casi nula, esperando que quienes aparezcan sean personas amistosas que nos van a dar algo de comer. No doy más del cansancio, a pesar de haber dormido algo, mis ojos se van entrecerrando como esas verdaderas siestas en el sillón de casa, dónde los ruidos que me avispaban eran más y más bolsas de harina cayendo de la alacena. Mis ojos se cerraron lentamente, pero justo en el instante previo a dormir profundamente, oí un mínimo paso y abrí fuego, lo hice polvo, el ojo izquierdo de mi enemigo estalló en mil pedazos y me quitó todo el sueño con tan solo verlo colgando, colgando bien del fondo de la alacena.
Fue en ese entonces en el que mi sonrisa se dibujó por primera vez entre todo este caos, pues desde un lugar divino escuché un, ¡Hijo, a comer! De pronto se cerró la computadora y Alfonso fue al living de casa para cenar.
Todo eran caras largas en la mesa, Alfonso no dejaba de murmurar junto a su hermana que estaba enloquecido porque alguien que él llamaba un rata le arruinó su partida, dejó a la mitad las fajitas que se sirvieron en la mesa y fue a su cama a seguir rezongando, mientras su madre agobiada trapeaba el piso, pues alguien debía limpiar toda la harina que teñía de blanco la cocina.
Si te gustó este post, considera invitarle un cafecito al escritor
Comprar un cafecitoRecomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión