Abres las piernas despacio,
como quien entrega un templo.
Tu mirada es un relámpago,
mi deseo, puro incendio.
Te beso con hambre antigua,
desciendo como tormenta,
y al encontrar tu humedad,
se desata la leyenda.
Mi lengua escribe en tu centro
versos que tu cuerpo entiende,
mientras tiemblas, mientras gritas,
y el silencio se desprende.
Tus caderas me suplican,
yo obedezco, sin demora,
te penetro con urgencia,
como quien rompe una ola.
El vaivén es un relámpago,
tú, salvaje, me cabalgas,
las sábanas son testigos
del gemido que se alza.
Me arañas, me muerdes, me exiges,
tu voz se vuelve animal,
y yo muero entre tus gritos
una muerte celestial.
Nos rompemos en mil cuerpos,
sin pudor, sin compasión,
hasta que el placer nos trague
y nos grite: redención.
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