Sin vergüenza, llamaré “amor” al veneno que late en nuestros corazones; una enfermedad que nos ciega al momento de elegir la manzana correcta.
Para cuando la noche haya llegado, nuestras lenguas se habrán encontrado, y habré callado las tormentas de tu cabeza.
Perseguiré la miel, recorreré cada tramo de tu áspera piel y morderé, juguetona, aquello que me pertenece.
Dirás mi nombre como si yo habitara en tu propia lengua y te perderás a ti mismo en la seda castañada entre tus dedos.
Me confitarás en tu fruto prohibido, hasta recordar por qué siempre fuiste mío.
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