el caminante arrastraba un fardo invisible, una pesadumbre hecha de brumas y hastío que entumecía su voluntad. había crepúsculos donde la acedía se filtraba en sus huesos, convirtiendo el latir del mundo en un eco monocromo y distante. el ruido de la existencia se le antojaba un estrépito vacuo, una marejada de desasosiegos que buscaba anegar su paz interior.
sin embargo, cuando la melancolía amenazaba con petrificar su espíritu, él se entregaba al arbitrio de los senderos.
allí, bajo la techumbre de frondas seculares, el cansancio mudaba en asombro. su mirada, antes esquiva, se demoraba en la iridiscencia de una gota de rocío, esa esfera efímera que contenía el cosmos entero sobre el envés de una hoja. hallaba una fortaleza inmarcesible en la prolijidad del musgo, que tapiza la piedra con la paciencia de los eones, ajeno a las premuras del hombre.
se maravillaba ante la ubicuidad del viento, ese escultor intangible que peina las copas de los fresnos y transporta el polen como un tesoro de oro invisible. en la contemplación de un escarabajo de coraza opalescente, abriéndose paso entre la hojarasca, comprendía que la vida no exige grandes epopeyas, sino la persistencia sagrada de lo minúsculo.
al final de la jornada, el alma del caminante ya no era un pozo de sombras, sino un estanque donde reverberaba la magnanimidad del paisaje. entendía, en un silencio casi místico, que mientras existiera el brote de una flor abriéndose paso en la grieta o el vuelo errabundo de una rapaz en el cenit, él conservaría la simiente de una resistencia invicta.
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