Me he estado quedando sin palabras. El mundo últimamente ha tenido muy poco que dar, y yo que ofrecer. La vida resultó una melodía sinsentido que tengo la obligación de acompañar. Sin dudas, hacer felices a los demás es la tarea más ardua de la tierra.
Sinceramente no me gusta esta versión de la vida donde no tengo sobre lo que escribir, y no tengo sobre lo que sentir. ¿Me quedaré muda para el resto de los días?
He perdido los cabales, la informalidad se apoderó de mí. Esta informalidad me resulta agradablemente displicente. Por suerte me puedo esconder en algún rincón sensual de la vida donde la superficialidad domina y, contradictoriamente, llena.
Estoy desesperada. No me puedo quedar sin qué decir. Estoy acá justamente para eso, para decir.
Me voy a aislar en la delicadeza del movimiento de tus brazos. Aquellos que no quise tocar para no contaminar, toda esa feminidad, que porque esté corrompida no tengo derecho a ensuciar.
Estoy viviendo la resaca de un episodio ridículamente abrupto, algo como un sismo de 9,5 grados a escala Richter. ¿Queda un vacío después de un sismo? ¿Cómo puedo saber si no vivo en el encuentro de dos placas tectónicas? Tal vez no entienda de terremotos, pero sí de resacas. Bastante. Lo suficiente para saber que estoy viviendo una. Siento la mano temblar de ansiedad. El agua siempre está lo suficientemente lejos como para sufrir la sed un minuto más. Y otro más.
No me quiero despertar, y ya estoy, infelizmente despierta. El sueño aplaza. Posterga. Soy así: Durmiente y procrastinadora (así se podrían llamar las dos placas tectónicas que confluyeron en semejante sismo).

Lucía
Me animé a publicar cuando leí que escribir, publicar y que te lean es la combinación salvadora. Uruguaya.
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